En el Berlín ocupado del verano de 1945, un muchacho que rebusca colillas en las vías del metro encuentra el cuerpo de una joven junto al andén de Onkel Toms Hütte.
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En el Berlín ocupado del verano de 1945, un muchacho que rebusca colillas en las vías del metro encuentra el cuerpo de una joven junto al andén de Onkel Toms Hütte. El hallazgo pone en marcha una investigación incómoda, repartida entre un inspector alemán recién nombrado y una policía militar estadounidense que no acaba de reconocerlo como interlocutor. Mientras tanto, en la sombra, alguien vuelve a elegir a su próxima víctima entre las jóvenes rubias del barrio.
La novela arranca con una imagen que resume una época entera: un adolescente de quince años vigila el cigarrillo a medio fumar de un soldado americano, calculando cuántas colillas hacen falta para reunir cuarenta marcos. Estamos en el sector estadounidense de un Berlín devastado, donde el alambre de espino recorta barrios enteros, las calles comerciales quedan declaradas zona prohibida y la vida cotidiana se organiza en torno a las cartillas de racionamiento, los cortes de luz y el trueque. Cuando el chico salta a las vías para recoger una cajetilla vacía, encuentra en su lugar el cuerpo de una mujer escondido bajo el andén.
A partir de ese descubrimiento se despliegan dos movimientos que la obra alterna con naturalidad. El primero es la investigación: un inspector de la policía criminal del distrito, hombre maduro que perdió media pierna en la guerra y llegó al cargo sin formación criminalística, se enfrenta a un caso que enseguida se revela más oscuro de lo que aparentaba. Las medias de nailon y los zapatos casi nuevos de la víctima la señalan como una de las alemanas empleadas por el ejército de ocupación; el reloj detenido fija una hora; un pasajero con casco de cuero y gafas protectoras, visto en la penumbra de un andén mal iluminado, se convierte en el único indicio disponible. El informe forense confirma lo peor y sugiere que no se trata de un arrebato aislado, sino de un método.
El segundo movimiento es el retrato coral de una ciudad ocupada. La narración se detiene en la cola interminable ante la tienda de comestibles, en el pan racionado que se guarda bajo llave, en el tabaco cultivado en el jardín, en el club para soldados levantado en tres días con piezas prefabricadas y en la mujer que vuelve en bicicleta de la cocina de ese club después del toque de queda. También en los rescoldos ideológicos que no se han apagado: un antiguo piloto que sigue relatando sus derribos con orgullo intacto frente a quienes sólo desean que todo aquello haya terminado. La convivencia entre vencedores y vencidos se juega en detalles mínimos —un insulto, un cigarrillo tirado, la negativa a que un policía alemán interrogue a un soldado americano— que la obra observa sin subrayados.
Entre esos dos hilos se introduce un tercero, más inquietante: la voz del asesino. El texto entra en su lógica privada, en la elección paciente de las candidatas, en el fracaso humillante que originó la primera muerte y en el ritual que desde entonces repite. Frente a él, la novela reconstruye también la vida anterior de la víctima: una adolescencia rural en una granja de Turingia, el ordeño dos veces al día, la sopa de harina y la radio que anuncia las conquistas del régimen, y el deslumbramiento ante una compañía teatral de paso que le muestra, por primera vez, la posibilidad de otra vida. Esa mirada retrospectiva devuelve a la muerta su condición de persona y da al conjunto un peso emocional que el caso policial por sí solo no alcanzaría.
El resultado es un relato criminal firmemente anclado en su escenario histórico, escrito con prosa sobria y atento al detalle material. La intriga avanza mientras el libro construye, casi de pasada, un fresco de posguerra hecho de hambre, picaresca, deseo de normalidad y culpas mal cerradas; y deja instalada desde las primeras páginas la certeza de que el hombre de las gafas protectoras aún no ha terminado.