Viena, 1938: Maria Altmann, recién casada, ve cómo la anexión nazi convierte su ciudad en una trampa. Décadas antes, su tía Adele Bloch-Bauer crecía en una familia acomodada, hambrienta de libros y de un saber vedado a las mujeres.
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Viena, 1938: Maria Altmann, recién casada, ve cómo la anexión nazi convierte su ciudad en una trampa. Décadas antes, su tía Adele Bloch-Bauer crecía en una familia acomodada, hambrienta de libros y de un saber vedado a las mujeres. Dos voces que se alternan alrededor de un mismo cuadro —el retrato dorado que Klimt pintó de Adele— para contar cómo una familia judía vienesa pasó del esplendor cultural al despojo, y qué queda cuando todo lo demás se pierde.
La novela avanza en dos tiempos que se turnan capítulo a capítulo. En el primero, marzo de 1938: Maria Altmann tiene veintidós años, lleva cuatro meses casada con Fritz y baila con una copa de champán en la mano cuando la radio interrumpe la música. El canciller Schuschnigg anuncia que las tropas austríacas no ofrecerán resistencia y, en cuestión de horas, la Ringstrasse se llena de banderas con esvásticas y de vecinos que celebran. La caída es vertiginosa y doméstica a la vez: un pasaporte caducado que de pronto vale una vida, unos libros de contabilidad que hay que esconder, un tío que cruza la frontera sin avisar, ancianas obligadas a fregar la acera con cepillos de dientes bajo la mirada divertida de los soldados. Maria recorre una ciudad que conoce de memoria y que ha dejado de reconocerla.
El segundo tiempo retrocede hasta 1886 y da la palabra a Adele Bauer, la tía muerta cuyo retrato preside una habitación cerrada de la casa familiar. Niña precoz en una familia de banqueros judíos asimilados —konfessionslos por conveniencia social, con árbol de Navidad en el salón—, Adele aprende a leer a los cinco años y descubre pronto que la inteligencia resulta incómoda en una mujer. Quiere filosofía, anatomía, biología; le ofrecen clases de dibujo de flores. Su hermano Karl, cómplice a regañadientes, le abre a escondidas los libros que tiene prohibidos, y ese gesto clandestino define su carácter: la sed de lo que hay debajo de la superficie.
Las dos líneas convergen en un objeto: el retrato que Gustav Klimt pintó de Adele Bloch-Bauer, una superficie de oro y plata poblada de ojos de Horus y símbolos egipcios que el libro describe con precisión casi forense antes de situarla en el centro del expolio. Albanese hilvana la Viena de la Secesión —la del arte nuevo y las mujeres que empujaban los límites de su época— con la Viena de 1938, y expone la ceguera cómoda de quienes creyeron que lo que ocurría en Alemania quedaba lejos. Es también un relato sobre la herencia: lo que un tío promete a una sobrina, lo que un régimen decide arrebatar y lo que sobrevive en una pintura cuya modelo parece siempre a punto de decir algo que nunca llegaremos a oír.