Cuando su hermana mayor deja de escribir desde la mansión de vampiros más famosa del país, Renie Mayfield hace lo impensable: se ofrece como donante de sangre para entrar a buscarla.
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Cuando su hermana mayor deja de escribir desde la mansión de vampiros más famosa del país, Renie Mayfield hace lo impensable: se ofrece como donante de sangre para entrar a buscarla. En Belle Morte, donde los inmortales son celebridades y la sangre humana se paga a precio de lujo, la única regla que nadie explica es la que más importa.
Hace diez años los vampiros salieron de las sombras y el mundo entero se rindió a ellos. Ya no cazan: contratan. Cinco casas repartidas entre el Reino Unido y la República de Irlanda reclutan donantes humanos que firman un contrato, se mudan a una mansión, viven entre satén y arañas de cristal, ofrecen sus venas y, cuando el interés de sus anfitriones se agota, salen con la cuenta bancaria llena y un lugar reservado en los programas de entrevistas. Para casi todos es el mejor trato imaginable. Para Irene «Renie» Mayfield es una tapadera.
Su hermana June entró en Belle Morte hace cinco meses. Era una fanática declarada, de las que coleccionan nombres y rumores en los foros, y sus cartas rebosaban felicidad hasta que, de golpe, dejaron de llegar. Su madre habla de una chica demasiado entretenida para acordarse de casa. Renie, que nunca creyó en el encanto de los inmortales y sí en las viejas historias de cadáveres y colmillos, no se conforma. Como a los donantes no se les permiten visitas, solicita el puesto ella misma. La aceptan.
La mansión que la recibe es una fortaleza gótica a las afueras de Winchester, sitiada por paparazis y cerrada por dentro con pantallas que filtran la luz. Las normas se recitan como una liturgia: comidas supervisadas, nada de teléfonos ni ordenadores, cartas revisadas antes de salir, prohibido rechazar al vampiro que quiera beber, prohibido enamorarse. Y un ala oeste a la que nadie puede acercarse, bajo pena de rescisión inmediata. Renie sonríe por dentro ante tanta ceremonia, hasta que descubre que el nombre de June provoca silencios incómodos, miradas esquivas y una regla que ella no conocía: no puede haber dos donantes de la misma familia al mismo tiempo.
Mientras tanto, en los pasillos vedados del ala norte, Edmond Dantès carga con un secreto que la señora de la casa, Ysanne Moreau, le ha confiado a cambio de siglos de lealtad. Sabe quién es la recién llegada, sabe qué ha venido a buscar y sabe que tendrá que mentirle. Lo que no había previsto es cuánto le pesaría hacerlo.
Entre el brillo de las cámaras y la quietud antinatural de unos anfitriones que no respiran, Renie avanza a contracorriente de todo un mundo enamorado de sus depredadores. Cada respuesta esquivada la acerca a la pregunta que Belle Morte no quiere que formule: qué le ocurre a una donante cuando la casa decide que su historia debe terminar.