Novela histórica puertorriqueña que reconstruye, desde la sala de la Corte Suprema de 1841, el secuestro de una mujer negra libre y de sus dos hijos nacidos en territorio libre.
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Novela histórica puertorriqueña que reconstruye, desde la sala de la Corte Suprema de 1841, el secuestro de una mujer negra libre y de sus dos hijos nacidos en territorio libre. Entre alegatos jurídicos y memoria personal, la obra recupera hechos documentados que el relato oficial dejó fuera.
En una mañana de invierno de 1841, ante los nueve jueces de la Corte Suprema de los Estados Unidos, se argumenta la apelación de un hombre condenado por secuestrar a una mujer y a sus hijos. La escena inaugural es minuciosa y casi teatral: un cochero, un expediente que el viento dispersa por las escalinatas de mármol, un abogado joven expulsado de la sala por llevar las botas manchadas de nieve sucia, un salón semicircular de cortinas rojas donde una estatuilla de bronce con los ojos vendados preside el mostrador del alguacil. De ese decorado nace el procedimiento que estructura el libro entero: los hechos se exponen ante la corte, y al exponerse, se vuelven relato.
El centro de esa disputa es Margaret Reilly, también llamada Báthika —«engendro de la fortuna», el nombre que le dio su madre al hallar gotas de sangre en las mazorcas de maíz sobre las que dormía y creerlas rocío del cielo—. Nacida esclava, cimarrona, luego liberta en Pensilvania, Báthika viaja como delegada a los trabajos preparatorios de una red internacional antiesclavista y regresa con un programa concreto: rutas de fuga, centros de acopio para libertos, legislación estatal que impida a los estados libres seguir siendo cómplices de los esclavistas. «No existirán estados verdaderamente libres mientras existan estados esclavistas», sostiene ante una asamblea de cuáqueros, presbiterianos, bautistas y católicos. Minutos después, mientras ella misma toca el violín en una sonata de Paganini, un grupo armado irrumpe con una orden de aprehensión firmada por un juez de paz. La música enmudece; sus hijos, que jugaban afuera, dejan de oírse. Ella recoge la batuta caída como quien toma un arma y responde que el papel que le leen no es ley en el territorio donde vive.
A partir de ahí la novela avanza en dos planos que se alimentan mutuamente. En el estrado, los letrados discuten la cláusula de esclavos fugitivos, la prohibición de enmendar antes de 1808 el artículo sobre «personas cuya admisión considere conveniente cualquiera de los estados», la ley federal de 1793 y los límites de lo que un estado libre puede rechazar sin romper la Unión; los jueces interrumpen, se pasan notas dobladas bajo las togas, preguntan si el país mismo está en juego. Fuera del estrado, la vida de Báthika se despliega en capítulos que van del telar y la piedra de moler al derecho marítimo, del alzamiento a bordo de una fragata al éxodo, del alumbramiento a la votación final, hasta un salto de casi veinte años que desemboca en abril de 1861.
El autor advierte desde la primera página que la historia se apoya en sucesos documentados: hechos reales, ocurridos dispersos y en apariencia inconexos, que sin embargo han sido borrados de la memoria. Esa es la apuesta del libro, sostenida por el epígrafe de Arcadio Díaz-Quiñones —frente al recuerdo está siempre la posibilidad del olvido— y por una dedicatoria que enlaza a Margaret Morgan y sus hijos con la vida de Harriet Tubman. Báthika, engendro de la fortuna es a la vez novela de tribunal, crónica del abolicionismo transatlántico y retrato de una mujer que se nombra a sí misma cuando otros insisten en llamarla mercancía.
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