Un profesor paquistaní, encerrado en su cuarto mientras afuera crecen los mítines y las consignas, se hunde en el recuerdo del pueblo donde creció.
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Un profesor paquistaní, encerrado en su cuarto mientras afuera crecen los mítines y las consignas, se hunde en el recuerdo del pueblo donde creció. Entre las cosmogonías que le contaban un tendero hindú y su padre erudito, la peste que vació las calles, la llegada de la electricidad y una niña recién llegada de otra ciudad, Zakir reconstruye un mundo que ya no existe. Una novela sobre la memoria como bosque en el que uno se pierde buscando su propio comienzo.
Todo empieza con un asombro: el de un niño que mira los pavos reales, las ardillas y los elefantes de su pueblo y descubre que, aunque el mundo parece recién hecho, ya carga con todos los secretos del tiempo. Ese niño es Zakir, y el pueblo es Rupnagar, un lugar donde los días pasan tan despacio que parecen no pasar, donde los postes eléctricos yacen años en el suelo hasta cubrirse de polvo y volverse paisaje, y donde el universo se explica dos veces al día: por la mañana, en la tienda de condimentos de Bhagat-ji, que entre paquetes de sal y azúcar cuenta cómo la tierra reposa sobre la capucha de la serpiente Shesh; por la tarde, en la habitación grande de Abba Jan, que responde a sus contertulios con tradiciones del Profeta —la tierra nacida de una perla, sostenida por una vaca inmóvil de miedo a un mosquito—. Entre ambos relatos, el niño arma su imagen del mundo, y también su primer miedo, el día en que pregunta por qué Caín mató a Abel.
La infancia de Rupnagar no es idílica: es porosa. Primero mueren las ratas, luego las personas. La peste vacía el pueblo de dos maneras, dice la novela con una sequedad memorable —hay quien abandona el pueblo y hay quien abandona el mundo—. Las procesiones fúnebres se cuentan hasta diez y después se pierde la cuenta; el médico más respetado ve morir a su propia mujer; el padre de Zakir se niega a huir y pega en la puerta un papel escrito con azafrán. Cuando la plaga cesa, los carros regresan, las casas cerradas se abren, los huecos se llenan y al poco parece que no falta nadie. Ese aprendizaje —que la vida se recompone sobre las ausencias sin nombrarlas— atraviesa toda la obra. Llegan después la electricidad, que Rupnagar inaugura al precio de tres monos electrocutados; llega Sabirah, una prima huérfana de padre venida de otra ciudad, y con ella una forma nueva de mirar; llega el rubor de Vasanti, la vecina hindú que lo despacha con un insulto que él celebra como una caricia.
Pero todo esto se recuerda desde otro sitio y otro tiempo. Zakir es ahora un hombre adulto que intenta preparar la clase del día siguiente mientras un mitin brama en el prado de enfrente. “Hoy en día las manifestaciones son así: empiezan a gritos y terminan a tiros”, piensa, y descubre que cuanto más aumenta el estruendo exterior más se hunde en sí mismo. Sus recuerdos, dice, son un bosque; cada uno que toca arrastra tras de sí una multitud de otros, y nunca consigue llegar al claro donde su conciencia abrió los ojos por primera vez. Su padre, que aún sueña con el Movimiento Khilafat y con una época en que hasta los manifestantes respetaban las reglas de la lengua culta, entra y sale de la habitación como un contrapunto de otro siglo.
Escrita por Intizar Husain y publicada originalmente en urdu en 1979, la novela superpone así dos temporalidades: la de un pueblo donde hindúes y musulmanes compartían calle, epidemia y penumbra, y la de un presente crispado en el que la historia vuelve a partirse. Su procedimiento no es la reconstrucción histórica sino la deriva de la memoria —fragmentos separados por silencios, escenas que se interrumpen a media frase, mitologías coránicas y puránicas conviviendo en la misma cabeza—. El resultado es una obra sobre el desplazamiento y la pérdida que evita por completo el patetismo: aquí el duelo se dice contando cuántas tiendas siguen cerradas, cuánto tarda en crecerle el pelo al hijo del pandit, cuántos monos hicieron falta para que llegara la luz.