Sabina vuelve del hospital decidida a que nadie note su cojera. En el caserío de Altzerreka la esperan las ovejas, la gotera del tejado, una gata gris y Henry, el cuñado postrado al que asea cada mañana entre reproches.
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Sabina vuelve del hospital decidida a que nadie note su cojera. En el caserío de Altzerreka la esperan las ovejas, la gotera del tejado, una gata gris y Henry, el cuñado postrado al que asea cada mañana entre reproches. Mientras sus hijos negocian a sus espaldas una plaza en una residencia, ella defiende con uñas y dientes un territorio que ha sido suyo desde siempre. Una novela sobre la vejez, los cuidados y la aspereza como forma de amor.
Todo empieza con un vaso de agua que se derrama. Ingresada tras una operación, Sabina exige a su hija Karmele lo que su cuerpo ya no sostiene solo; el gesto, mínimo, contiene la historia entera: una mujer acostumbrada a mandar sobre animales, tierras y personas empieza a depender de manos ajenas.
De vuelta en Altzerreka —el caserío de muros blanqueados junto al puente, entre pinares, eucaliptos y el rumor del río—, retoma sus tareas como quien regresa a un campo de batalla: enciende el fuego, cuenta el rebaño, comprueba qué ha tocado la vecina en su ausencia y sube, renqueando y sin muletas, a atender a Henry, el cuñado que volvió de Idaho hace décadas y que hoy, amputado y desconfiado, la llama a gritos a cualquier hora. Entre ambos se ha instalado una rutina de pañales, colonia, pastillas escondidas en el pan y rencores antiguos que nadie nombra.
Mientras tanto, sus hijos maniobran en los pasillos del hospital. Joseba, que cambió el caserío por la imprenta de su suegro, ha conseguido una plaza en una residencia y habla de previsión y de alternativas; Karmele, separada y con su hija ya criada, acaba aceptando quedarse. De Ester, la mayor, solo quedan una llamada colgada y un piso que rechazó. Alrededor, un vecindario que ayuda sin ser invitado y una comarca donde todo se comenta.
El relato avanza alternando el presente doméstico con destellos del pasado: la niñera de quince años humillada ante los señores de la conservera, el marido comunista vuelto de América, el padre que amaneció muerto, las camadas de gatos metidas en un saco, la sangre de un parto en el delantal la última Nochevieja. Nada se explica de más: los recuerdos irrumpen como el olor a hoja de eucalipto o el zumbido de un fluorescente.
Escrita con frases breves, diálogo tenso y una voz interior que muerde, es un retrato de la vejez sin consuelos fáciles: el cuerpo que traiciona, el pañal como frontera de la dignidad, el cuidado convertido en negociación familiar. Y, en el centro, una mujer áspera y libre —basa: salvaje, indómita, y también barro— que prefiere acuclillarse en el prado al amanecer antes que dejar que otros decidan por ella.