Novela lírica sobre la fundación de Monterrey. Desde un Saltillo empapado de lluvia, un capitán viejo y mutilado reúne a doce familias, a una veintena de caciques con su gente y a un séquito de frailes, sirvientes y esclavos para caminar…
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Novela lírica sobre la fundación de Monterrey. Desde un Saltillo empapado de lluvia, un capitán viejo y mutilado reúne a doce familias, a una veintena de caciques con su gente y a un séquito de frailes, sirvientes y esclavos para caminar hacia los manantiales de Santa Lucía. El relato avanza en versículos breves, entre montañas que respiran y ángeles que vigilan, hasta el acto en que una espada se clava en la tierra y nace una ciudad.
La obra recrea, en una prosa cortada en versículos y de aliento salmódico, el episodio fundacional de Monterrey a fines del siglo XVI, pero lo despoja de la solemnidad del documento para devolverlo al terreno del mito.
Todo comienza bajo la lluvia, en una casa de muros claros del Saltillo, donde un anciano capitán, su hija y sus dos nietos esperan sentados mientras el agua se cuela por las vigas y criaturas invisibles —demonios colgados del encino, ángeles abrazados bajo las camas— observan la escena. El viejo carga en la espalda dos muñones que supuran, resto evidente de algo arrancado, y permanece con los ojos cerrados durante días, mientras a su puerta llegan primero doce guerreros de distintas naciones, luego veinte caciques y al fin pueblos enteros con sus mujeres, sus hijos, sus pieles teñidas, sus flechas y su pinole. Todos aguardan una sola decisión.
Es el viento quien la desata: humedece los ojos secos del anciano y lo pone de pie. Se organiza entonces una caravana de carretas, ganado y familias mestizadas —españoles, indígenas de una docena de grupos, frailes, sirvientes, esclavos negros y mulatos— que atraviesa desfiladeros, llanos ardientes y emboscadas hasta descender a un valle guardado por montañas. Allí las cumbres no son paisaje sino presencia: un monarca de piedra coronado por arcoíris de lluvia se inclina sobre el campamento, sangra cuando lo flechan y derrama su luz sobre los recién llegados.
El viaje culmina junto a un manantial abundante, donde el capitán pronuncia el acta de fundación —una letanía que nombra, uno por uno, a cuantos lo acompañan— y hunde su espada en la tierra. La piedra herida late, se abre, mana agua y echa raíces: la ciudad brota como un tubérculo bajo el suelo. En la noche final, entre niebla y ángeles, algo nuevo se desprende de la roca, se yergue, abre alas de muchos colores y levanta el vuelo.
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