Durante tres años y medio, el periodista Nahuel Gallotta buscó y entrevistó a mujeres que hicieron del delito un oficio y, además, prosperaron con él.
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Durante tres años y medio, el periodista Nahuel Gallotta buscó y entrevistó a mujeres que hicieron del delito un oficio y, además, prosperaron con él. Bandidas reúne esas historias en primera persona: punguistas, descuidistas, mecheras, tarjeteras, boqueteras, motochorras, estafadoras y narcos de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Tucumán, el Chaco y la Patagonia. El libro las escucha en sus casas, con sus hijos y sus nietos, sin condenarlas ni justificarlas, y arma un retrato del hampa femenina argentina que no coincide con el que circula en la televisión.
Después de dos investigaciones dedicadas a ladrones colombianos y chilenos, Nahuel Gallotta advirtió que todos sus entrevistados eran varones. La pregunta apareció en una cena de sábado en el conurbano bonaerense, en la casa de una mujer que cumplía prisión domiciliaria con tobillera electrónica: salvo el llamado telefónico que llegaba desde la cárcel, nada en esa mesa familiar se distinguía de cualquier otra. ¿Qué sabía él de las mujeres que delinquen? Casi nada. De esa curiosidad nace Bandidas.
El libro parte de una distinción que le ofrece una de sus entrevistadas, socióloga recibida después de haber estado presa: están las delincuentes ocasionales y las “arrastradas”, detenidas por ser la madre, la hija o la mujer del hombre que buscaba el fiscal; están las “cachivaches”, jóvenes atravesadas por el consumo que sobreviven robando adentro y afuera; y están las bandidas, minoría dentro del ambiente, mujeres con buen pasar, que vivieron de sus inversiones, que se pagaron abogados particulares y la educación privada de sus hijos. Son estas últimas las que Gallotta se propuso encontrar, y encontrarlas se convirtió en una obsesión de tres años y medio.
Las protagonistas llegan por cadenas de confianza —una fuente, una amiga, una compañera de pabellón, un abogado, un documental hallado en internet— y componen un mapa federal del oficio: la punguista que cuenta su botín en un bar del centro, la descuidista que posterga una entrevista porque está organizando el cumpleaños de su nieta, la tarjetera de Mar del Plata, la que en Tucumán aprendió el cuento del tío, la motochorra, la pirata del asfalto, la boquetera, la cañera, la transa que empezó a estudiar en Ezeiza. El capítulo inicial está dedicado a Claudia, la internacional: nacida con su padre preso y criada entre las rejas de una cárcel de monjas en Córdoba, empezó a robar a los diez años y terminó recorriendo Europa y Asia, primero como punguista, descuidista y mechera, después enviando cocaína a Europa desde Bolivia. La misma mujer que repartía cajas de ravioles entre sus vecinos los domingos y que, ya con bastón, seguía queriendo volver a la ruta.
La apuesta del autor es de método antes que de tesis: escuchar y observar de cerca, sin el “hay que matarlos a todos” ni el “son consecuencia de la ausencia del Estado”, sin pedirles que se disculpen ante la sociedad y sin aceptar la victimización. Eso implicó asados familiares, misas, clases de bachata, salidas del colegio y visitas a la cárcel, y una reciprocidad que el autor señala como la mayor diferencia con sus entrevistados varones: ellas también preguntaban. El resultado es un cruce entre crónica policial y biografía coral, donde importan tanto los robos como los proyectos comerciales, las desilusiones amorosas, los vicios, la relación con la policía y lo que cada una les dijo a sus hijos sobre su trabajo.
El volumen abre con un prólogo de Alejandro Seselovsky, que lee la trayectoria de Gallotta como una cuestión de deseo gestionado y subraya la ética de un periodismo que no se construye desde la versión policial sino desde la de quienes delinquen. La pregunta que ordena la lectura queda deliberadamente abierta: más allá del modo de ganarse el dinero, ¿en qué se diferencian estas mujeres del resto?