Ensayo en el que Lierni Irizar sostiene que nuestra época ha vaciado de peso aquello que más nos define: la palabra, el dolor, la enfermedad y el final de la vida.
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Ensayo en el que Lierni Irizar sostiene que nuestra época ha vaciado de peso aquello que más nos define: la palabra, el dolor, la enfermedad y el final de la vida. Tomando como punto de partida la idea de banalidad del mal formulada por Hannah Arendt, la autora la pluraliza y la convierte en clave de lectura del presente, cruzando filosofía, psicoanálisis, literatura y testimonios de primera mano. El resultado es una crítica serena, y a la vez incómoda, de las lógicas de estandarización, medición y control que hoy se presentan como sentido común.
Hay palabras que se usan tanto que dejan de decir. Hay experiencias —caer enfermo, sufrir, morir— que se han vuelto tan inconvenientes que preferimos tratarlas como averías. De esa constatación parte Banalizaciones contemporáneas, un ensayo que no busca la novedad sino todo lo contrario: recuperar preguntas antiguas, y por eso mismo urgentes, en un tiempo entrenado para declarar obsoleto lo de ayer.
El hilo conductor lo aporta Hannah Arendt. Su concepto de banalidad del mal, nacido al calor del proceso de Eichmann, describía a un hombre corriente capaz de participar en lo monstruoso no por perversión sino por una incapacidad radical para pensar: lenguaje hecho de frases prestadas, procedimientos que sustituyen al acto propio, renuncia tranquila a la responsabilidad. La autora rescata esos rasgos —superficialidad, burocratización, blindaje frente a la palabra del otro— y los usa como instrumento para leer fenómenos actuales que a primera vista nada tienen que ver con aquel juicio. En ese primer tramo el libro se detiene a interrogar qué es pensar, apoyándose en la figura socrática del tábano y la comadrona, en la distinción entre conocer y buscar significado, y en lo que el psicoanálisis aporta sobre la relación entre pensamiento, cuerpo y satisfacción.
El recorrido continúa por el lenguaje. Frente al valor casi sagrado que los antiguos concedieron al logos, hoy la palabra tiende a tratarse como un canal de transmisión de datos, un obstáculo para la eficiencia o un residuo que la codificación debería poder depurar. La autora muestra por qué esa reducción no es inocua: hablar no es solo informar, y el equívoco, la metáfora o el lapsus no son fallos del sistema sino la marca misma de lo humano.
Los capítulos centrales abordan el sufrimiento y la enfermedad. Cuando el malestar se explica exclusivamente por la biología o la mala gestión emocional, se produce un doble movimiento: el dolor se vuelve intolerable y, a la vez, deja de escucharse. La enfermedad pasa a leerse como un error corregible y, si es un error, alguien tiene la culpa: quien no se cuidó lo bastante, quien no se esforzó. Contra ese reduccionismo, el libro abre espacio a testimonios y palabras de personas que han atravesado la enfermedad, para devolver a esa experiencia su complejidad singular.
El tramo final se ocupa de la muerte, quizá el punto ciego más obstinado de nuestro tiempo. Entre el deseo de dejar huella, las fantasías de supervivencia digital y la promesa técnica de que todo límite acabará cediendo, la autora recuerda que ninguna solución de ingeniería sustituye al trabajo de reconciliarse con la propia finitud, y cierra el círculo volviendo sobre la cuestión del mal y su supuesta banalidad.
Prologado por el psicoanalista y escritor Gustavo Dessal, el libro está escrito en un tono claro, sin jerga innecesaria, y desde una posición declarada: es la forma que su autora encuentra de decir no. No propone consuelos ni recetas, sino una manera distinta de habitar la existencia —vivir con la pérdida y con la falta en lugar de intentar suturarla— y una invitación a conversar sobre lo que está en juego cuando dejamos de pensar.
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