Cuba, abril de 1961. Roberto, un joven judío cubano de diecisiete años, abandona la universidad antes que afiliarse al Partido o a la milicia, y una tarde cualquiera lo detienen en su propia casa junto a miles de estudiantes hacinados en…
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Cuba, abril de 1961. Roberto, un joven judío cubano de diecisiete años, abandona la universidad antes que afiliarse al Partido o a la milicia, y una tarde cualquiera lo detienen en su propia casa junto a miles de estudiantes hacinados en un complejo deportivo. Esos cuatro días bastan para transformar su desencanto en decisión: entra en la resistencia clandestina, aprende a matar y a callar, y descubre que cada convicción cobra su precio en amigos, en familia y en patria perdida.
La invasión de Bahía de Cochinos sorprende a Roberto solo en casa, a seis cuadras de la farmacia de sus padres. Tiene diecisiete años, es judío cubano y acaba de dejar la Universidad de La Habana: no por falta de vocación, sino porque el Estado ha decretado que solo estudien quienes se inscriban en el Partido o en la milicia, y porque los seminarios obligatorios de orientación política le resultan menos una clase que un adoctrinamiento. Cuando tocan a la puerta, seis milicianos lo esposan sin explicaciones y lo arrojan a un estadio convertido en prisión improvisada, sin techo, sin comida suficiente, con los sanitarios colapsados y disparos al aire cada vez que los familiares se acercan a la alambrada.
Liberado al cuarto día, Roberto ya no puede seguir mirando desde la cerca. Discute con su padre la reforma agraria y el precedente guatemalteco de Árbenz —expropiación sin indemnización, títulos que nunca dejan de ser del Estado— y esa noche llama a Félix, su amigo de siempre, para pedirle entrar en la resistencia. Un comité de encapuchados lo interroga; luego vienen el entrenamiento en armas, cuchillo y remo silencioso, las travesías nocturnas llevando fugitivos hasta un barco mar afuera, y una doble vida sostenida entre las salidas dominicales con sus amigos del grupo sionista y las misiones que no puede nombrar. Mientras sus compañeros emigran a Israel y una muchacha llamada Susana elige a otro, Roberto se queda: sus padres no se irán, y él ya pertenece a otra causa.
El asalto a una tienda emblemática de la nomenclatura termina en emboscada. Roberto cae herido, un amigo decide quién vive, y un médico clandestino le extrae la bala sin anestesia, con una toalla entre los dientes y cinco manos sujetándolo. Días después, la milicia registra su cuarto, sus padres son encapuchados e interrogados por un coronel que colecciona uñas arrancadas, y el joven encuentra refugio en un consulado extranjero. La única puerta que se abre lleva a Jamaica, todavía territorio británico, y a un exilio que empieza en un aeropuerto donde la despedida se mide en minutos.
Relato de formación y de conciencia, la novela sigue el itinerario de un muchacho que descubre, entre banderas superpuestas, que elegir una patria puede significar perderlas todas.
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