Verona, siglo XIV. Romeo Montesco tiene diecisiete años, un apellido que pesa como una losa y dos futuros posibles que no ha elegido: caballero o sacerdote.
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Verona, siglo XIV. Romeo Montesco tiene diecisiete años, un apellido que pesa como una losa y dos futuros posibles que no ha elegido: caballero o sacerdote. Dibuja flores a escondidas, se escapa por la hiedra antes del amanecer y finge un amor imposible por una joven que ha hecho voto de castidad, porque así nadie le pregunta por qué ninguna chica le hace temblar las piernas. Solo Mercucio lo consigue. Y eso, en su ciudad, no se dice en voz alta.
Caleb Roehrig toma la tragedia más citada del mundo y la mira desde el ángulo que Shakespeare dejó en penumbra: el chico que había detrás del nombre. Aquí Romeo no es un enamorado en llamas, sino un adolescente exhausto de interpretarse a sí mismo.
La novela arranca al amanecer, con Romeo volviendo de una consulta secreta a fray Lorenzo y contemplando Verona desde una colina: solo desde lejos consigue encontrarla hermosa, porque solo desde lejos deja de ser el heredero de Bernabó Montesco. En casa lo esperan un padre que le rompe los dibujos y le da un ultimátum —aprendiz o ejército—, una madre que cronometra su soltería y le recuerda que, si él no elige esposa, la elegirán por él. Su primo Benvolio, que se cuela por la ventana con un monedero robado a su propio padre y una lengua imposible de callar, insiste en que se divierta antes de que la jaula dorada se cierre.
Romeo tiene una coartada perfecta para esa insistencia: Rosalina Morosini, deslumbrante e inalcanzable por voto religioso. Suspirar por ella lo protege. Nadie le exige explicaciones por un cortejo condenado de antemano. Lo que no puede confesar es lo que lleva años creciendo por dentro desde un sueño del que despertó ardiendo: que el chico más apuesto, más brillante y más presente de Verona es Mercucio, y que en una ciudad donde los deseos como el suyo solo se nombran en susurros y con pátina de escándalo, preguntar en voz alta equivaldría a confesar.
Con una prosa sensorial —terracota, cipreses, luz de aceite— y un humor cómplice que aligera la asfixia, Roehrig convierte el drama familiar veronés en una historia de identidad, secreto y amistad puesta a prueba. El deber contra el deseo, la lealtad contra la verdad, y una pregunta que atraviesa siglos: qué antorchas merece la pena mantener encendidas cuando el precio es la propia vida.
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