Un editor recién llegado de Europa devuelve dos libros prestados y, sin saberlo, entra en un crimen. En Nueva York, George Buckler reencuentra a Jenny Towerbridge, la mujer que había desaparecido sin explicación de un hotel suizo, y la…
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Un editor recién llegado de Europa devuelve dos libros prestados y, sin saberlo, entra en un crimen. En Nueva York, George Buckler reencuentra a Jenny Towerbridge, la mujer que había desaparecido sin explicación de un hotel suizo, y la halla comprometida con Dick Merrill, sobrino del asesinado Howard Bell. Entre la amistad, los celos y un pacto de franqueza con el inspector O'Keefe, una curiosidad privada se convierte en investigación. Novela policial narrada en primera persona, con páginas de diario intercaladas.
«Bajo el signo del odio» se presenta con un gesto de novela dentro de la novela: una carta fechada en San Francisco, en enero de 1951, en la que el autor remite los originales a su editor, explica que el libro nació de un diario personal escrito durante un año en Europa y advierte que ha deformado lo suficiente los hechos reales como para que nadie reconozca el caso que en su momento ocupó los periódicos. Detrás del seudónimo hay un ensayista argentino que cruza por primera vez al género policial, y esa doble condición —viajero y observador— se filtra en cada escenario.
El relato lo lleva George Buckler, que vuelve a Nueva York después de una temporada europea y descubre que nada ha cambiado: el mismo olor a tinta fresca del diario, la misma pregunta sin respuesta sobre quién mató a Howard Bell en Park Avenue. Su primer movimiento es privado y casi trivial: devolver dos libros a Jenny Towerbridge, la mujer que se esfumó de un hotel de montaña suizo sin dejar una línea. La encuentra rodeada de amigos —Lillian Baxter, el ciego Peter Lyons y su perro guía— y con un novio recién presentado, Dick Merrill.
Lo que empieza como una deuda sentimental por saldar se enreda enseguida con la crónica policial. Tres días después, Buckler se cruza a la salida del departamento con el inspector Douglas O’Keefe, un viejo conocido de su familia, que acaba de informar a Jenny de algo que ella ignoraba: Merrill es sobrino del hombre asesinado. Desde ahí conviven dos investigaciones. Una, íntima: por qué Jenny huyó de Suiza, qué ocurrió a orillas del lago de Thun, qué queda de aquello. Otra, oficial: qué se discutió realmente en la violenta entrevista que Merrill mantuvo con su tío dos días antes del crimen.
O’Keefe propone un pacto de franqueza sin restricciones mentales, y el narrador lo acepta sabiendo que no piensa cumplirlo del todo. Ese desnivel —lo que se calla por lealtad, lo que se calla por celos— sostiene la tensión tanto como el enigma. El propio inspector lo advierte sin rodeos: hay al menos dos clases posibles de sorpresa en la cara de una mujer, y su oficio no le permite elegir la más amable. La novela alterna la primera persona con páginas de diario y mide sus efectos en gestos mínimos: una pulsera que se acomoda, un disco puesto como pretexto, una taza de café que se demora.
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