En el centro histórico de Quito, una figura solitaria recorre de noche calles adoquinadas, iglesias barrocas y plazas dormidas. Se llama Norma, toma su nombre de Marilyn Monroe y esconde bajo el hábito religioso un vestido, una peluca y un…
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En el centro histórico de Quito, una figura solitaria recorre de noche calles adoquinadas, iglesias barrocas y plazas dormidas. Se llama Norma, toma su nombre de Marilyn Monroe y esconde bajo el hábito religioso un vestido, una peluca y un deseo que la Iglesia nunca le permitió nombrar. Pedro Artieda Santacruz construye con ella un relato que mezcla devoción y erotismo, leyenda urbana e historia colonial, para preguntarse qué se sacrifica cuando la fe exige borrar el cuerpo.
«Bajo el Hábito» sigue el peregrinaje nocturno de Norma por el Quito colonial: la Compañía de Jesús, el Sagrario, la Calle de las Siete Cruces, el antiguo convento jesuita convertido en centro cultural, la mole franciscana. Camina sobre tacones que le han dejado juanetes, reza un rosario atado a la cintura, se persigna y pide perdón mientras busca a un hombre que la haga sentir, por fin, mujer de verdad. Cada esquina le devuelve una imagen posible de sí misma: la esposa doliente del Viernes Santo, la penitente que envidia la santidad de Mariana de Jesús, la diva de falda plisada frente a un reflector que imagina cámara, la intrusa que cuela su retrato entre los rostros célebres de una muestra de Warhol.
Ese itinerario íntimo se cruza con una trama que viene de los sótanos. Norma sirve en una comunidad religiosa y, bajo el hábito con el que atiende a los prelados, ha escuchado aquello que ellos temen: que aparezca el diario de un confesor muerto, un cuaderno donde durante décadas quedaron escritas confesiones que nunca debieron salir del confesionario. El manuscrito está en sus manos. Al mismo tiempo, el hallazgo de una partitura del siglo XVI dedicada a Felipe II abre una búsqueda oficial de pasadizos subterráneos entre templos y conventos, los mismos túneles por los que, según se murmura, escapaban frailes enamorados y se ocultaban embarazos de familias devotas. Norma se ofrece como asistente del investigador que dirige las excavaciones, y así el deseo personal y el secreto institucional empiezan a recorrer el mismo corredor.
Artieda Santacruz escribe una novela de atmósfera densa y frase sensual, donde la arquitectura, la leyenda y el rumor de barrio pesan tanto como el dato histórico: el ángel de yeso esculpido en erección perpetua por venganza de un obrero impago, el incendio provocado por un cura, la Virgen alada que pisa la serpiente sobre el Panecillo, los nativos travestidos despedazados por los perros de los conquistadores. La ciudad aparece como un cuerpo de dos pisos —el de las cúpulas doradas y el de las catacumbas—, y Norma se mueve entre ambos con la misma lucidez con que administra su culpa. El resultado es el retrato de una disidencia sexual en una sociedad que reza en voz alta y calla en voz baja, y una meditación sobre el precio de una identidad que solo puede existir de noche.
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