En una ciudad-prisión levantada sobre el mayor vertedero de la humanidad y encerrada bajo una cúpula de paneles luminosos, una joven con tres extremidades biónicas encuentra en las azoteas el único lugar donde puede ser ella misma.
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En una ciudad-prisión levantada sobre el mayor vertedero de la humanidad y encerrada bajo una cúpula de paneles luminosos, una joven con tres extremidades biónicas encuentra en las azoteas el único lugar donde puede ser ella misma. Hija de dos piratas legendarios, Angie carga con una reputación que no le pertenece: la sangre la marea y el pánico la paraliza. Cuando un encuentro inesperado con un mutante de ojos amarillos le arrebata su refugio nocturno, el frágil equilibrio de su doble vida empieza a resquebrajarse.
Iron Moon es una ciudad construida con contenedores metálicos apilados unos sobre otros, diseñada para albergar convictos y erigida sobre el mayor vertedero creado por el ser humano. Bajo una cúpula artificial que decide cuándo hay día y cuándo hay noche, sus habitantes sobreviven entre racionamientos quincenales, agua no potable, carne de rata y el brillo de neón del Casino que tiñe las calles de una luz fantasmagórica. Los vigilantes imponen el toque de queda a golpe de porra eléctrica, y cada preso lleva en la muñeca un brazalete de color que anuncia su delito antes de que abra la boca.
En ese mundo vertical vive Angie, una joven que perdió tres de sus cuatro miembros siendo apenas un bebé a causa de la necrosis, la enfermedad que se ceba con quienes viven cerca de los vertederos y cuyo único remedio conocido es la amputación. Su tío Sam le extrajo lo dañado; su padre, un gigante tatuado con una mente de inventor, le construyó lo que vino después: un brazo de aluminio y acero con una batería de artilugios ocultos en los dedos, y unas piernas hidráulicas que le permiten saltar distancias imposibles. De noche, cuando la ciudad duerme y las azoteas quedan desiertas, Angie corre y salta entre los tejados con su rata mutada, Nube, escondida en el bolsillo de la sudadera. Allí arriba no tiene que fingir.
Y fingir es exactamente lo que hace abajo. Sus padres fueron dos de los piratas más temidos de los comercios interestelares, y todos —su padre, su abuela Selena la estafadora que discute a gritos con los espíritus mientras echa las cartas, los vecinos que negocian con ella— dan por hecho que la hija heredó el temple. La verdad es otra: ver sangre la marea hasta el desmayo, y en cuanto una pelea se cierne sobre ella el corazón se le desboca y el cuerpo se le queda quieto. Se entrena cada mañana con su tío, aprende que rendirse es morir y que en Iron Moon no hay reglas, pero por dentro se sabe una impostora sostenida por la leyenda de otros.
Una noche, mientras cruza los tejados, alguien la observa desde las sombras. Un joven de rasgos duros, melena enmarañada y ojos amarillos: un mutante, uno de esos seres creados como soldados de los que todo el mundo habla con miedo, confinados al Distrito F. No la persigue, apenas la olfatea y la deja marchar, pero el daño está hecho. Las azoteas —su único territorio libre— dejan de ser suyas, y una lectura de tarot que su abuela interrumpe con el rostro pálido sugiere que lo que se avecina tiene más que ver con el valor, y con el amor, que con la huida.
Con una voz cercana y un ritmo ágil, la novela dibuja una sociedad carcelaria minuciosa y creíble —sus trapicheos, sus jerarquías de color, sus solidaridades improbables— y la habita con personajes que se quieren de forma torpe y feroz. En el centro late una pregunta muy poco heroica: qué hace alguien cuando el miedo es lo único que responde a tiempo, y cuánta valentía cabe en decidir seguir adelante de todos modos.
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