Benavídez, documentalista argentino, llega a Nueva York buscando a Mara, un fantasma de su pasado. Cuando la ve en una esquina del Midtown, la sigue a través de la ciudad indiferente, imaginando un encuentro fortuito.
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Benavídez, documentalista argentino, llega a Nueva York buscando a Mara, un fantasma de su pasado. Cuando la ve en una esquina del Midtown, la sigue a través de la ciudad indiferente, imaginando un encuentro fortuito. Pero cuando ella aparece en un parque, no está sola. Un hombre, un hijo, un beso. La vida que Benavídez imaginaba se desmorona. Una novela sobre el dolor de aceptar que otros siguen adelante sin nosotros.
Benavídez es un documentalista argentino de creciente reconocimiento que ha completado un trabajo exitoso en Buenos Aires. Sus compromisos profesionales lo llevan a Nueva York, pero carga algo más pesado que su valija: el fantasma de Mara. ¿Desde cuándo fantasea con reencontrarse? ¿Desde hace quince días o desde hace cinco años? En la intersección de la 34 y la Octava avenida, todo cambia. La ve: Mara, caminando por la vereda con otro peinado, más flaca, más distante. En su mano, un helado a medio comer; en la otra, una correa roja fluorescente. Benavídez sale eyectado del taxi, abandonando cien dólares de propina. Lo que sigue es una persecución lenta a través de Manhattan. Benavídez la sigue como un agente encubierto, observando cómo ella camina entre la multitud ajena a su presencia. Las avenidas congestionadas, los carteles luminosos, el bullicio de la ciudad se convierten en escenario de un drama que solo él puede ver. Cuando llega el momento del encuentro, cuando Benavídez se ha posicionado junto a un parque esperando reencontrarse como por accidente, la realidad se desmorona. Mara no viene sola. Viene con un hombre de traje gris italiano que carga a un niño rubio en brazos. El intercambio de caricias, el juego de narices, el beso en los labios mientras la sostiene de la cintura, son puñales que lo atraviesan. Los transeúntes alrededor ríen, beben cerveza, pasan de largo, indiferentes. Esa noche, en la habitación del hotel antiguo, Benavídez mira por la ventana. Las luces amarillentas se reflejan en el vidrio que empaña con su respiración densa. En el bar del hotel, un desconocido de setenta años lo interpela. La conversación que sigue es el primer contacto humano real después del naufragio emocional. Esta es una novela sobre el peso de nuestras fantasías, sobre la distancia insalvable entre lo que imaginamos y la realidad de otros. Nueva York es un testigo mudo de dramas personales, una ciudad donde millones de personas se ignoran mutuamente. Un retrato de la soledad urbana, del reencontro que nunca fue, de la imposibilidad de retorcer el pasado.
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