En el Miami de fin de siglo, Francisco Roque redacta anuncios para una agencia publicitaria mientras persigue una idea de libertad que ni La Habana que dejó atrás ni la ciudad que lo acogió terminan de darle.
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En el Miami de fin de siglo, Francisco Roque redacta anuncios para una agencia publicitaria mientras persigue una idea de libertad que ni La Habana que dejó atrás ni la ciudad que lo acogió terminan de darle. Entre reuniones corporativas que le recuerdan viejas asambleas, la ambición de un apartamento frente al mar y el deslumbramiento por una compañera recién llegada, Andrés Hernández Alende compone el retrato de un exiliado que descubre que el paraíso prometido también cobra su precio.
Francisco Roque llegó a Miami en 1980, a bordo de una de las embarcaciones del éxodo del Mariel, con la certeza de que cualquier destino era preferible al miedo cotidiano de La Habana: la vigilancia, la sospecha, el racionamiento, la delación. Años después escribe textos publicitarios en Dillon & Kremer, la división latinoamericana de una multinacional instalada en una torre del downtown desde la que se ven, a la vez, la opulencia de los rascacielos y los barrios pobres que los rodean.
La novela avanza por ese doble filo. En la agencia, las reuniones semanales impuestas por un director recién convertido al evangelio del management obligan a cada empleado a recitar su función, celebrar metas y acumular adjetivos para un mission statement interminable; a Francisco y a su amigo Ángel Recio —traductor que trabaja de noche y los fines de semana para poder, algún día, no trabajar para nadie— esos rituales les devuelven un eco incómodo de las asambleas que creían haber dejado atrás. Fuera de la oficina, Francisco mide su vida en cuotas del auto arrendado, camisas de marca y mudanzas: del efficiency de Hialeah a un apartamento en Miami Beach, con la mansión de Coral Gables siempre como horizonte improbable.
La llegada de Elena, una recién graduada ecuatoriana con aplomo y ambición, enciende un romance vertiginoso que la propia empresa desalienta y que empuja al protagonista a preguntarse qué está comprando y qué está pagando por ello.
Hernández Alende escribe una historia de exilio, deseo y desencanto en la que la libertad —la palabra que ordena todo el libro— se examina desde los dos lados del estrecho: la que se pierde por decreto y la que se cede, día tras día, a cambio de comodidad. Miami aparece aquí sin postal: tráfico interminable, dinero de origen turbio, jerga híbrida, playas espléndidas y una promesa que solo se sostiene a fuerza de repetirla.
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