Bella María Zavala —«B» para casi todos— lleva toda la vida negociando con la báscula, con un nombre que suena a burla y con una oficina publicitaria de Manhattan donde la delgadez parece un requisito de entrada.
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Bella María Zavala —«B» para casi todos— lleva toda la vida negociando con la báscula, con un nombre que suena a burla y con una oficina publicitaria de Manhattan donde la delgadez parece un requisito de entrada. Entre teorías familiares sobre el origen de sus kilos, dietas imposibles y una jefa que colecciona méritos ajenos, esta novela en primera persona convierte la humillación cotidiana en una comedia lúcida sobre el cuerpo, el trabajo y el derecho a ser feliz.
B tiene veintiocho años, una melena rizada que doma en moño para parecer más seria y un catálogo de explicaciones ajenas sobre su peso: la culpa propia, la genética de una tía con la que no comparte un solo gen, el diagnóstico de un psicoterapeuta que la acusó de esquivar la intimidad. Su favorita, sin embargo, es una novela familiar en miniatura: la de Inocencia, la joven niñera cubana que llegó a Nueva York con una promesa hecha a la Virgen, cambió el deseo por la repostería y endulzó hasta lo intragable cada cucharada de avena de la bebé que cuidaba. De esa versión de los hechos —mitad memoria, mitad mitología doméstica— arranca el relato: no como una queja, sino como el modo en que la narradora aprendió a explicarse a sí misma.
El presente la encuentra en una agencia de publicidad de Manhattan, escribiendo eslóganes para pañuelos de papel y tampones mientras espera un ascenso que lleva tres años haciéndose desear. Hace el trabajo de directora creativa sin el título, revisa sus propios textos como si fuera su propia jefa, cancela vacaciones, almuerza frente al escritorio y ríe los chistes de Bonnie, una superiora huesuda y tiránica que se apropia de las ideas ajenas con la misma naturalidad con la que evita decir «gracias». Una mañana de abril concentra todo lo que su vida tiene de comedia y de agravio: un traje que aprieta, una alarma de ascensor, una tarjeta que nadie se agacha a recoger, una costura que cede en el peor instante y una reprimenda recibida, literalmente, con el trasero al aire.
Alrededor giran una amiga inseparable y espléndida que a veces roza el egoísmo, una recepcionista imposible de odiar, dos ejecutivos jóvenes que solo miran hacia donde conviene y un pretendiente mediocre cuya única cita terminó en vómito sobre una alfombra persa auténtica. Con humor seco, digresiones sobre el arte por encargo y una lista de asignaturas que ninguna universidad enseña —empezando por cómo sobrevivir en un nido de víboras—, B avanza hacia una conclusión que no pasa por la báscula: si adelgazar puede ser inalcanzable, la felicidad sí está a su alcance. Y decir «gorda» en voz alta, sin adornos ni disculpas, es el primer paso para que nadie vuelva a usarlo como insulto.