Un fisioterapeuta y una psicóloga unen sus miradas para explicar cómo se «programa» un ser humano en sus primeros años. Desde la etapa prenatal hasta la infancia, el libro recorre la maduración del sistema nervioso, los sentidos, el…
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Un fisioterapeuta y una psicóloga unen sus miradas para explicar cómo se «programa» un ser humano en sus primeros años. Desde la etapa prenatal hasta la infancia, el libro recorre la maduración del sistema nervioso, los sentidos, el movimiento y el vínculo afectivo, y muestra por qué esas primeras experiencias dejan una huella tan profunda. Una guía práctica y esperanzadora para acompañar el desarrollo de un hijo con conocimiento, presencia y confianza.
Hay una idea que atraviesa estas páginas: cuando un bebé nace no llega como una hoja en blanco, sino con un equipaje básico y muy eficaz de programas automáticos que la experiencia irá actualizando. A partir de ahí, los autores —uno formado en fisioterapia, la otra en psicología— proponen leer el desarrollo infantil como una sucesión de programaciones: la genética, la del embrión, la de la etapa fetal y la que ocurre en los primeros meses y años de vida, cuando el cerebro se construye por capas y el software queda casi soldado al hardware.
El recorrido combina explicación fisiológica y consejo cotidiano. Se detiene en la mielinización y en el papel temprano del sistema vestibular, en los reflejos primitivos que preparan al bebé para nacer y para moverse, en la diferencia entre lo que vive la madre en el parto y lo que vive la criatura en el nacimiento, y en la maduración progresiva de la mano, la visión y el lenguaje. Un tramo amplio revisa los sentidos más allá de los cinco clásicos —tacto, temperatura, dolor, propiocepción, equilibrio, interocepción— para mostrar cómo cada uno se afina con la calidad, la frecuencia y la intensidad de las sensaciones vividas al principio.
La segunda línea del libro es clínica y práctica. Aborda las dificultades de aprendizaje, atención y conducta desde una evaluación funcional y global, expone los límites del diagnóstico médico convencional y defiende programas de ayuda construidos sobre la propia organicidad del niño. Dedica también un capítulo poco habitual al dolor infantil y a cómo acompañarlo para evitar que se cronifique. Los capítulos finales se ocupan de la programación afectiva: cómo construir un vínculo seguro, cómo sostener al hijo en los momentos difíciles y cómo transmitirle la certeza de ser digno de amor.
El tono es divulgativo, cercano y deliberadamente inclusivo: los autores advierten desde el inicio de las limitaciones del lenguaje disponible y reivindican el papel de toda la tribu que cría. Y su premisa de fondo es optimista: el cerebro sigue siendo plástico, y las carencias o los traumas tempranos resultan, en la mayoría de los casos, reversibles.
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