Biografía intelectual de Averroes (Ibn Rušd) que rescata al hombre detrás del comentarista. El libro discute la imagen del «redescubridor de Aristóteles» y la lectura decimonónica de Renan, y sitúa al pensador en su tiempo: el al-Ándalus…
Descargar
Biografía intelectual de Averroes (Ibn Rušd) que rescata al hombre detrás del comentarista. El libro discute la imagen del «redescubridor de Aristóteles» y la lectura decimonónica de Renan, y sitúa al pensador en su tiempo: el al-Ándalus almorávide, sus tensiones jurídicas y sus pugnas ideológicas. Reconstruye el linaje de los Banū Rušd —abuelo cadí supremo de Córdoba, padre magistrado— para mostrar cómo una familia de juristas preparó el terreno de una obra filosófica singular.
Pocos autores han quedado tan eclipsados por sus propios escritos como Averroes. Este ensayo parte de esa paradoja: en Oriente se le recordó sobre todo como comentador de los griegos; en Occidente, su nombre engendró etiquetas —«averroísta», luego «averroísmo»— que terminaron por disolver a la persona en una corriente. El resultado fue una figura sin cronología, archivada junto a Aristóteles bajo el rótulo común de «los antiguos», pese a los dieciséis siglos y las dos civilizaciones que los separan.
El libro desmonta con calma esa compresión del tiempo. Aristóteles era ya «el primer maestro» de la falsafa desde el siglo VIII: Averroes no lo redescubrió, lo leyó de otra manera. Y esa manera —sus opciones intelectuales, sus motivaciones, las presiones de su época— es justamente lo que exige explicación. La crítica alcanza también al siglo XIX: la tesis de Ernest Renan, construida sobre un corpus limitado y sostenida sin cambios incluso después de que Müller y Munk publicaran los textos teológicos y las precisiones históricas, encerró al andalusí en un duelo entre filosofía y religión que aún hoy alimenta reivindicaciones partidistas.
Frente a ello, el autor propone una biografía intelectual. Como la vida de Averroes se conoce solo en fragmentos —y nada en ella invita a la evasión novelesca—, el relato se enriquece con la descripción de la época: vicisitudes políticas, medios sociales y profesionales, corrientes de pensamiento a las que se adhirió o combatió. De ahí la elección de llamarlo «intelectual», noción occidental y reciente, pero útil por su contenido combativo, en diálogo con Le Goff y con la propia búsqueda de Averroes de un nombre para los suyos: sabios, gente de la prueba, gente de la verdad, fórmulas todas cargadas de ambigüedad.
La reconstrucción arranca en el linaje. El nombre mismo, Ibn Rušd, se sigue en su deriva fonética hasta «Averroes», y su genealogía —usada por sus enemigos para insinuar orígenes judíos— abre el retrato de los Banū Rušd en la Córdoba de las taifas, los almorávides y el ascenso almohade. El abuelo homónimo, cadí supremo, jurista mālikí y autor de fetuas que sentaron jurisprudencia, aparece en toda su ambivalencia: fiel a la tradición y al poder, pero abierto a los «fundamentos» del derecho y la teología. Entre él y el nieto, un padre magistrado sostiene la continuidad de una casa que hizo del cargo judicial un patrimonio disputado.