En un café de Viena, el narrador se encuentra con un anciano ruso que fue pianista célebre. Suvorin rememora su carrera en Moscú, Londres y París, sus mujeres, sus alumnos, la guerra, el exilio y la muerte lenta de su esposa.
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En un café de Viena, el narrador se encuentra con un anciano ruso que fue pianista célebre. Suvorin rememora su carrera en Moscú, Londres y París, sus mujeres, sus alumnos, la guerra, el exilio y la muerte lenta de su esposa. A través de sus confesiones, emerge un retrato de la vida musical rusa en el siglo XX: la nostalgia, el olvido, la desesperación disfrazada de cinismo. Historias de compositores fracasados y vidas destrozadas por la distancia, la política y el tiempo.
En un café vienés, el narrador entabla conversación con Suvorin, un anciano ruso que fue celebrado pianista en su juventud. La casualidad de un encuentro cotidiano abre las compuertas de la memoria: Suvorin despliega su vida en fragmentos, en historias que se suceden como notas de una composición desigual. Su carrera atravesó las grandes capitales europeas —Moscú, Londres, Viena, París— pero el tiempo la ha deshecho. Los conciertos se olvidaron, la admiración se desvaneció. Lo que permanece son las habitaciones de hotel, los apretones de mano demasiado fuertes, una maleta con el cierre roto, la Torre Eiffel entre la niebla. Suvorin habla de su pueblo natal, de las aldeas rusas antes de la guerra; evoca la infancia descalzo en el barro, las mujeres jóvenes en los campos que le avergonzaba mirar, las adivinas ambulantes. Luego viene Leningrado bajo asedio, la hambre, la muerte silenciosa, el horror de la guerra que no deja nadie para contarlo. Su fascinación por Clara Haskil, la pianista rumana, cruza toda su narración. Admiraba su modestia, su grandeza austera, la manera en que escapó hacia la simplicidad sin traicionar la música. La visitó en su tumba en Montparnasse; un gato descansaba sobre la losa, cubriendo con su cabeza la fecha de la muerte. El relato se entrelaza con las vidas de otros músicos rusos: sus alumnos, sus amigos, los que llegaron a Viena huyendo. Entre ellos, Zagurski, un compositor que prometía obras maestras pero solo dejó bosquejos, que vivió de la caridad de una mujer rica y alemana a cambio de fingir genio. Hay nostalgia por las chicas bellas de Rusia, por los conciertos privados, por la inspiración que se esfuma, por la tierra natal que nunca volverá a ver. Y una reflexión amarga: Suvorin lleva maletas de tierra rusa para enterrar a sus compatriotas que mueren en Viena, cucharilla a cucharilla. La música, en esta novela, no redime nada. El arte no puede remediarlo. Solo queda la lluvia, que Suvorin adora, y la certeza de que todo ha pasado: vivir, reír, los amigos, la inspiración. Todo menos la memoria, que persiste en fragmentos, en historias contadas a un extraño.
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