Autobiografía de Alice B. Toklas, secretaria y compañera de Gertrude Stein. Relato de su vida en San Francisco, su traslado a París tras el terremoto de 1906, y su ingreso en el círculo artístico más influyente de la vanguardia moderna:…
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Autobiografía de Alice B. Toklas, secretaria y compañera de Gertrude Stein. Relato de su vida en San Francisco, su traslado a París tras el terremoto de 1906, y su ingreso en el círculo artístico más influyente de la vanguardia moderna: Picasso, Matisse, y otros maestros que transformaron el arte del siglo XX. Una ventana íntima a la época heroica de la modernidad pictórica.
Nascida en San Francisco, California, en el seno de una familia de abolengos refinados, Alice B. Toklas creció en la contemplación del arte, las letras y la vida cultivada. Hija de madre californiana de grato temperamento y padre descendiente de patriotas polacos, aprendió temprano los valores de la elegancia discreta y el buen gusto. Durante sus años de juventud alternó entre el estudio de la música, que luego abandonaría, y el cultivo de intereses intelectuales, hasta que el terremoto de 1906 transformó su existencia. El desastre que asoló San Francisco precipitó el regreso de los Stein a la ciudad, y con ellos llegó un catalizador que cambiaría para siempre el destino de Toklas. Los pequeños cuadros de Matisse que la señora Stein traía de París, primeras obras de arte moderno que cruzaban el Atlántico, despertaron en Alice una curiosidad irresistible por ese mundo parisino de creadores y vanguardias. Un año después de encontrarse con los Stein, Alice se estableció en París en 1907, momento álgido de la ebullición artística moderna. La casa que descubrió entonces, ubicada en el número veintisiete de la rue de Fleurus, era un lugar modesto de dos pisos y un amplio taller anexo, convertido en santuario de la modernidad pictórica. Sus paredes se cubrían de obras maestras: Cézannes, Matisses, Picassos, Renoirs, Gauguins, en una colección que testimoniaba el gusto visionario de Gertrude Stein. El encuentro con Gertrude Stein marcó un punto de quiebre definitivo. Aquella primera cena de sábado en la rue de Fleurus, donde Alice experimentó el desconcierto de ver obras cuya rareza desafiaba toda categoría conocida, inauguró una nueva etapa de su vida. Allí conoció también a Picasso, recién llegado con su compañera Fernande, interrumpiendo apenas la comida con su entrada impaciente, portador de aquel magnetismo que Alice supo reconocer al instante como marca del genio verdadero. La casa se convertía así en centro de convergencia de los artistas que redefinían el lenguaje visual de la época: una época que Max Jacob bautizaría después como la edad heroica del cubismo.
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