Autobiografía de Severiano Ballesteros, publicada en 2008, en la que el golfista cántabro relata en primera persona sus orígenes en Pedreña: una casa levantada sobre el establo, la escuela a dos kilómetros, el ordeño a mano y las tardes…
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Autobiografía de Severiano Ballesteros, publicada en 2008, en la que el golfista cántabro relata en primera persona sus orígenes en Pedreña: una casa levantada sobre el establo, la escuela a dos kilómetros, el ordeño a mano y las tardes robadas al aula para colarse en el campo de golf con un hierro escondido entre unas tuberías. Prologado por cartas de Gary Player, Jack Nicklaus y Arnold Palmer, el libro reconstruye cómo un hijo de labradores y pescadores llegó a cambiar la geografía de un deporte.
El relato arranca el 19 de abril de 1977, con el autor estrenándose en el Masters de Augusta y cumpliendo veinte años, y desde ahí retrocede a la aldea donde todo empezó. Pedreña, trescientos habitantes entonces, en la orilla sur de la bahía frente a Santander: una casa blanca de dos pisos construida por los bisabuelos en 1882, con las habitaciones sobre la cuadra porque el ganado hacía de calefacción en invierno. Allí crecen cuatro hermanos —Baldomero, Manolo, Vicente y el menor, Severiano— bajo el trabajo constante de Baldomero Ballesteros y Carmen Sota, que pastorean vacas, cultivan maíz y alubias y salen a pescar.
La infancia se cuenta sin nostalgia complaciente. Está el hermano mayor muerto de niño por un enjambre de avispas, y el nombre que los padres vuelven a poner al hijo siguiente. Está la herencia del tío Vicente que enemista a la familia materna, y una madre que nunca habla mal de nadie y sigue llevando flores a la tumba de quienes la desheredaron. Está la primera comunión hecha a la sombra de una boda ajena, con el traje ya usado por los hermanos y sin una sola fotografía. Y está el pueblo entero: la centralita de la señora Angelita, que escucha las llamadas y se las cuenta al cura para el sermón del domingo; el cine El Casino, donde se entra vendiendo un barquito de juguete; el único televisor, en el bar El Culebrero, espiado desde la calle a través de una ventana porque de noche no dejaban entrar a los niños.
El golf entra por la puerta de servicio. A los siete años, una cabeza de palo vieja a la que el niño encaja varas de arbusto ahuecadas en agua para que hinchen y ajusten; los primeros golpes son con piedras, en la playa y en el prado, hacia hoyos señalados con un pañuelo o solo imaginados. A los ocho, Manolo le regala un hierro 3 de verdad y le dedica horas que resta a su propio juego, un gesto que el autor considera decisivo y también costoso para la carrera de su hermano. Como caddie del Real Club de Golf de Pedreña tiene prohibido pisar el campo, así que juega al amanecer, al anochecer y en las noches de luna llena, escondiéndose entre hoyo y hoyo cuando pasa un partido de socios. Un capítulo entero se detiene en la historia del club fundado por Alfonso XIII, en las 68 hectáreas de Contrajón compradas a menos de una peseta el metro, y en lo que aquello significó para un pueblo que perdió sus tierras y ganó, a cambio, sueldos, oficios y la mayor densidad de golfistas profesionales del mundo.
Hay también una expulsión de la escuela a los doce años, un castigo injusto, dos vasos de vino y una maestra zarandeada, y el pacto que sigue: clases particulares de noche a cambio de las horas de luz para el golf. De ese acuerdo sale la frase paterna que el autor repite a sus propios hijos: para ser el primero en algo, hay que demostrarlo. Las cartas que abren el volumen —Player recordando el golpe desde el aparcamiento en Royal Lytham en 1979, Nicklaus el empate en Birkdale en 1976, Palmer la expansión del golf hacia una Europa entonces inexplorada— sitúan desde fuera lo que las páginas siguientes cuentan desde dentro: el trayecto entre el niño que perdía un palo casi cada día y el jugador que abrió el golf europeo al mundo.