Diciembre de 1999. Aurelia deja Londres y la carrera de diseño que había levantado allí para acompañar los últimos días de su abuela Amelia en Rupit, un pueblo medieval de la comarca de Osona.
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Diciembre de 1999. Aurelia deja Londres y la carrera de diseño que había levantado allí para acompañar los últimos días de su abuela Amelia en Rupit, un pueblo medieval de la comarca de Osona. Cuando la casa queda vacía y su madre le propone habitarla, un descenso al sótano cambia el rumbo: decenas de máscaras venecianas colgadas en la penumbra, todas firmadas por Amelia, todas calladas durante décadas. Florencia De Maio entrelaza ese hallazgo con escenas de 1955, donde una joven Amelia se enfrenta a un marido que le niega el trabajo, el viaje y la voz. Novela de raíces, deseo y silencios heredados, Aurelia avanza como una investigación íntima sobre lo que las mujeres de una familia se transmiten sin nombrarlo.
En el umbral del año 2000, Aurelia vive suspendida entre dos vidas. Ha pasado seis años en Inglaterra construyendo una carrera en el diseño, cansada de un entorno más atento a su apariencia que a su trabajo, cuando una carta de su madre la reclama en casa: la abuela Amelia se está muriendo y hace falta alguien que la cuide. La responsabilidad, como tantas veces en esa familia, recae en la única hija mujer. Aurelia vuelve a Rupit, un pueblo de casas bajas, madera y olor a leña a hora y media de Barcelona, y se reencuentra con la mujer que mejor la ha entendido siempre. Los días que comparten son breves y luminosos: Mozart, tarta de chocolate, un whisky añejo del aparador, risas y una despedida que Aurelia no olvidará.
Muerta Amelia, llega otra carta. Nadie quiere hacerse cargo de la casa y venderla sería un engorro, así que su madre le ofrece quedarse. Aurelia acepta a su manera: mueve muebles, embala ropa, intenta hacer suyo un espacio todavía habitado por otra presencia. Bajando cajas al sótano —una puerta antigua, una cerradura enorme, un techo que obliga a inclinarse— descubre las paredes cubiertas de máscaras venecianas, impecables, evidentemente visitadas con frecuencia. Al girar la primera encuentra la firma de su abuela. Y luego otra, y otra, y un conjunto de bocetos que incluye diseños que nunca llegaron a existir.
El hallazgo abre una pregunta que la novela sostiene con paciencia: por qué una mujer así escondió su obra, en qué momento eligió el silencio y qué lo provocó. Las llamadas a su madre solo devuelven respuestas ambiguas, incomodidad y una petición explícita de dejar el pasado en paz, lo que basta para encender la determinación de Aurelia.
Intercalada con ese presente, la novela retrocede a 1955, cuando Amelia espera a su marido Antonio con un plan en la mano —un viaje a Venecia con su amiga Aurora— y recibe, en lugar de una respuesta, una bofetada. La escena, breve y seca, ilumina retrospectivamente todo lo demás: el contrato que él se negó a firmar, la vida reducida a sombra deambulante por la casa, la promesa de irse igual.
Entre medias, la Navidad en el Eixample reúne a la familia completa: el padre funcionario, los hermanos Jaume y Marc, las tías, los primos de siempre, el Caga Tió y los brindis por la ausente. Allí Aurelia decide llevar tres máscaras envueltas en papel de seda como regalo, solo para las mujeres de la casa, convirtiendo un ritual doméstico en el primer gesto de una revelación.
De Maio escribe una historia de herencias no escritas —de nombres que empiezan y terminan en la misma letra, de mandatos que saltan generaciones, de deseos aplazados— con un pulso que alterna la confesión en primera persona y la escena dramática. El resultado es a la vez retrato de un pueblo catalán y de tres mujeres que se explican unas a otras: una que calló, otra que administró el silencio y una tercera dispuesta a romperlo.