Madrid, 21 de diciembre de 2058. Rod es un manipulador de mentes enganchado a drogas sintéticas que solo quiere ver un partido con sus amigos la noche previa al referéndum sobre la anexión de Catalunya.
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Madrid, 21 de diciembre de 2058. Rod es un manipulador de mentes enganchado a drogas sintéticas que solo quiere ver un partido con sus amigos la noche previa al referéndum sobre la anexión de Catalunya. Una explosión en el estadio convierte esa rutina de frío, sarcasmo y tribus enfrentadas en una matanza con miles de muertos. Entre el humo aparecen rumores de masas viscosas surgidas de la nada, y la sospecha de que el atentado es solo la superficie de algo mucho mayor.
Hay un cielo apagado sobre Madrid, diez grados bajo cero y una ciudad que lleva días entre lluvia y nieve. Rod, narrador de esta historia, camina deprisa hacia un partido de fútbol con la cabeza demasiado llena de ruido: llamadas que le entran directamente en el córtex a través de un implante que falla, un mono que no termina de irse, un amigo que se burla de él al otro lado de la línea. En el bar donde se refugia a fumar, las conversaciones giran todas sobre lo mismo: mañana se vota la anexión de Catalunya y los ánimos están tan caldeados que basta un roce para que alguien pase de la discusión a la amenaza.
Esa noche ordinaria —cerveza tibia, cánticos en el metro, controles policiales, perros de detección, un estadio helado y un equipo que juega mal— se rompe con una explosión. El relato cambia entonces de registro y se convierte en una crónica de la catástrofe contada desde dentro: escaleras que se parten, avalanchas humanas, cuerpos apilados junto a las salidas, agentes desbordados y un hospital de campaña levantado en un parque. La novela no ahorra vísceras ni desprecio, y tampoco disimula la mecánica social que sigue al golpe: los altavoces buscan culpables antes que causas, el poder promete venganza y el referéndum, por supuesto, sigue adelante.
Sobre esa base de anticipación política y suciedad urbana empieza a filtrarse algo distinto. Alguien menciona unas sustancias viscosas aparecidas de la nada; nadie sabe explicarlas ni quiere detenerse a hacerlo. La sospecha se instala en el narrador y arrastra consigo una pregunta más incómoda que la del atentado: quién se beneficia del miedo, y qué se está usando como distracción. La estructura del libro —capítulos marcados hora a hora, desde las ocho de la tarde del 21 de diciembre— aprieta el relato en un solo día y convierte cada salto de reloj en una cuenta atrás.
Ciencia ficción cyberpunk con implantes neuronales, prótesis corporativas, pesetas devaluadas y calles tomadas por el Ejército, donde una jornada electoral cualquiera se cruza con universos paralelos, presencias alienígenas y fanatismos apocalípticos. Un narrador nada ejemplar, prosa directa y una ciudad que se desmorona a la velocidad exacta de sus propias tensiones.
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