Crónica en primera persona de un matrimonio argentino que, tras una década de postergaciones, decide cruzar el continente hasta Alaska a bordo de un automóvil de 1928 con ruedas de madera.
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Crónica en primera persona de un matrimonio argentino que, tras una década de postergaciones, decide cruzar el continente hasta Alaska a bordo de un automóvil de 1928 con ruedas de madera. Entre averías, mates y puertas que se abren sin ser tocadas, el relato convierte un itinerario imposible en una meditación sobre el coraje de empezar.
Todo comienza con una pregunta susurrada en la oscuridad de un dormitorio: ¿y si vamos con el auto? Herman y Candelaria llevan diez años de novios y seis de casados imaginando un viaje de aventura que la casa, el trabajo, la prudencia y el miedo se han encargado de aplazar temporada tras temporada. Cuando por fin fijan una fecha inamovible —el 25 de enero de 2000—, la idea de reemplazar las mochilas por un coche fabricado en 1928, con rayos de madera y un medidor de combustible que no funciona, amenaza con desbaratar el plan justo cuando estaba a punto de cumplirse. No lo desbarata: lo transforma.
La obra sigue ese trayecto desde la llanura pampeana hasta el extremo norte del continente, con escalas que el índice recorre como un rosario geográfico —Chile y Bolivia, Perú, Ecuador, la Amazonia y Brasil, el Caribe, Centroamérica, México, los Estados Unidos, Canadá y, al final, Alaska—, más un capítulo de regreso que le devuelve al viaje su forma circular. Pero el mapa es apenas el andamio. Lo que sostiene el libro es la sucesión de encuentros: los hermanos de una herrería de principios de siglo que enseñan a colocar cuñas entre los rayos de una rueda como quien le explica algo a un nieto; la familia rural que ofrece su mejor pasto del jardín y una cena de conejo en escabeche a dos desconocidos avergonzados de pedir permiso; el restaurador septuagenario que abre su taller en vacaciones, enumera con razón todo lo que falta para que semejante empresa sea sensata y luego cobra sus servicios con una postal de Alaska.
El relato alterna la voz de él con fragmentos del diario de ella, de modo que la misma escena se ofrece dos veces: la del que sostiene el volante y aprende mecánica sobre la marcha, y la de quien mira el camino sintiendo que el mundo es suyo y a la vez se le viene encima. Esa doble mirada evita el heroísmo y deja lugar a lo que realmente ocupa las páginas: los nervios del primer día, los cincuenta y cinco kilómetros iniciales, las burlas de los vecinos, el cálculo doméstico de cuántos kilómetros rinde un litro, la certeza incómoda de que no hay respuestas para casi ninguna de las preguntas razonables.
De ese cruce entre precariedad material y obstinación nace la tesis del libro, formulada sin solemnidad y repetida con variaciones a lo largo del camino: que no hay que preocuparse por los repuestos del auto sino por la vida, que no tiene repuesto; que conviene no mirar el destino sino el próximo pueblo; que un sueño carece de contrario porque nada ni nadie está en su contra. El prólogo cifra la deuda en más de ochocientas familias que abrieron sus casas y en miles de manos tendidas, y aclara que el libro no se escribe para que recuerden a sus autores, sino para que cada lector se recuerde a sí mismo.
Más cerca del testimonio que del manual, el texto pertenece a esa zona donde la crónica de viaje se vuelve literatura de estímulo personal: una historia real que no promete método ni garantías, sino la evidencia de que quienes salieron sin saber de mecánica, ni de rutas, ni de idiomas, llegaron igual. Y de que el kilómetro decisivo no es el último, sino el primero.