Un hombre de poco más de treinta años llega de noche a una casa alquilada por Internet, en una ciudad donde no conoce a nadie, y se derrumba antes incluso de deshacer las maletas.
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Un hombre de poco más de treinta años llega de noche a una casa alquilada por Internet, en una ciudad donde no conoce a nadie, y se derrumba antes incluso de deshacer las maletas. Desde ese sillón a oscuras, Mario repasa su vida en capítulos desordenados: la primera cita con un chico a los veintidós, los amores que le dejaron cicatriz, las noches de alcohol y halagos, la deriva que casi lo arrastra. Una novela íntima sobre tocar fondo y decidir empezar otra vez.
Mario acaba de llegar a una casa que solo había visto en fotografías, en un lugar que no es el suyo, con un contrato firmado a distancia y unas llaves recibidas por correo. Es la enésima mudanza, la enésima promesa de vida nueva. Antes de encender una luz o abrir una maleta, la ansiedad lo alcanza en el salón vacío y lo tumba sobre un sofá ajeno. Cuando vuelve en sí, en ese paréntesis extraño de calma que sigue a las crisis, decide que antes de quedarse o marcharse necesita entender cómo ha llegado hasta aquí. El viaje que emprende no es geográfico: es hacia atrás.
La novela avanza entonces en capítulos deliberadamente desordenados, piezas que el lector va encajando hasta completar el retrato. Está el chico de veintidós años que entra por primera vez a una sala de chat sin atreverse a escribir, y que cruza Barcelona muerto de miedo hacia una primera cita en la que la vergüenza pesa más que el deseo. Está el enamoramiento desbordado de Ricardo, trece años mayor, que le enseña a la vez la plenitud y la inseguridad de no sentirse a la altura. Está Álex, cuya obsesión convierte la lástima en cárcel y una discusión callejera en algo que ninguno de los dos sabrá explicar después. Está Cristian, el romance casi perfecto, el único hombre junto al que Mario se sintió amado, y también quien pronuncia la frase que lo parte en dos: el miedo a volver a casa sin saber con qué Mario se va a encontrar.
Entre medias, la caída. Un mes de habitaciones y acuerdos que Mario prefiere no detallar, cuando el dinero se acabó en una ciudad extraña y aprovecharse de quien lo quería fue lo más fácil. Clubes donde el ego se llena de cervezas gratis e invitaciones que nunca son desinteresadas. Una copa con algo dentro y unas escaleras. Un hospital de madrugada, un coche que se ha llevado la grúa y una confesión a su hermana en mitad de la calle. Y siempre, como contrapeso, la familia: la madre y los hermanos que sostienen sin necesidad de grandes declaraciones, ante quienes el armario se abrió casi sin ceremonia porque, como le dijeron, la policía no es tonta.
El contraste entre esas etapas es el verdadero motor del libro. Al saltar de la euforia al derrumbe, del primer beso torpe a la madrugada en urgencias, la estructura fragmentada responde a la pregunta que Mario se hace a oscuras en su casa nueva: ¿cómo he acabado así? Juan Benítez escribe con una franqueza sin adornos y sin coartadas, sin pedir indulgencia para su protagonista ni convertirlo en víctima, atento a los detalles físicos del pánico y a la vergüenza que precede a cada confesión.
El autor advierte en su nota que Mario es tan real como ficticio, cosido con retales de experiencias propias y ajenas, de amigos, conocidos y desconocidos que necesitaban desahogarse. Por eso el personaje no representa a nadie y a la vez habla por todo un colectivo y sus problemas, más comunes de lo que suele admitirse; y más allá de eso, por cualquiera que alguna vez se haya visto superado por las circunstancias y haya necesitado detenerse y volver a empezar.
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