Una asistente editorial de veinticinco años conoce en un banco del parque a un escritor célebre, décadas mayor que ella, y acepta la invitación que él le hace medio en broma.
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Una asistente editorial de veinticinco años conoce en un banco del parque a un escritor célebre, décadas mayor que ella, y acepta la invitación que él le hace medio en broma. De ahí nace una relación hecha de llamadas desde un número oculto, galletas de chocolate, bourbon, béisbol y libros regalados a montones. Contada casi solo con diálogo y objetos, la novela observa cómo una joven que quiere escribir aprende a leerse a sí misma dentro del deseo, la asimetría y el poder.
Alice lee sola en un banco de la Upper West Side cuando un hombre de rizos cenicientos y helado de cucurucho se sienta a su lado. Ella lo reconoce de inmediato: es un escritor consagrado, con premios cuyos certificados cuelgan en el vestíbulo de la oficina donde ella trabaja como asistente editorial. Al tercer domingo él le pregunta si se atreve; ella responde que no ve razón para no hacerlo, y él le contesta que hay un montón de razones para no hacerlo. Ambos tienen razón, y la novela se construye en ese desajuste.
Lo que sigue transcurre casi por completo en un apartamento con ventanas de doble altura, mesa de dibujante y una cama enorme siempre impecablemente hecha. Allí se instala una liturgia doméstica: un vaso de agua entregado por la puerta entreabierta, chistes repetidos, partidos de los Yankees en la tele, cicatrices que él atribuye a Norman Mailer, cien tareas antes de dormir, una botella de vino descorchada que ella se lleva a casa. Él la llama Mary-Alice, le corrige la pronunciación de Camus, le regala bolsas de librería llenas de clásicos y sobres con dinero para un aire acondicionado. Ella acepta, se ríe, aprende, y va midiendo en silencio el precio de cada gesto.
Alrededor de esa habitación, la vida de Alice sigue su curso: una vecina anciana que sube cuatro pisos peldaño a peldaño, un padre que llama cada semana con teorías conspirativas, un asiento de inodoro que no termina de atornillarse, una tetera de asa imposible, una noche torpe con un compañero de trabajo, una clínica cuyo folleto se lee entero, sin comentario. Los fragmentos de los libros que ella lee se cuelan en el texto como otra voz más, hasta volverse parte de su respiración.
Con frases secas y un humor que corta, esta es la crónica de una educación sentimental invertida: la de una mujer joven que entra en la órbita de un hombre mayor, enfermo y brillante, y descubre que aprender a escribir consiste, sobre todo, en decidir quién cuenta la historia. La ternura y el desequilibrio conviven sin que nadie los explique, y el lector queda a solas con el balance.