Un febrero lluvioso en Londres, un detective privado sin encargos y una gacetilla de periódico sobre un viejo compañero de la policía detenido por el asesinato de su mujer.
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Un febrero lluvioso en Londres, un detective privado sin encargos y una gacetilla de periódico sobre un viejo compañero de la policía detenido por el asesinato de su mujer. Sugar Kane viaja al nordeste con un billete de tren, media botella de whisky y ninguna promesa: solo la intención de escuchar. Lo que encuentra es un hombre que se declara inocente, un abogado que evita pronunciarse y una versión de los hechos que nadie puede confirmar.
Empieza con frío, lluvia y un trabajo menor. Kane —treinta y ocho años, oficina en Proud Lane, una agencia de investigación que apenas da para vivir— lleva dos días recorriendo bares y tiendas de barrio por encargo de un colega, más por las quince libras diarias que por convicción. Se refugia empapado en el bar de Johnny Antrade, acepta un ponche y unos pantalones prestados, y abre el periódico que alguien ha dejado doblado sobre la mesa. Un titular breve, cinco líneas sin apenas detalle: han detenido al marido en el caso del lago Malway.
El apellido le suena. John Tillman sirvió años atrás en su misma división: un hombre grande, plácido, temible solo cuando se le agotaba la paciencia. Se lesionó un pie, cobró su indemnización, heredó de un tío y se marchó al nordeste a montar un garaje. También se casó. Su mujer, Maida, hija de un inspector de la policía local, apareció estrangulada y arrojada a un lago a pocos kilómetros de la ciudad; la encontraron dos chiquillos que jugaban en la orilla.
Esa misma tarde suena el teléfono: el abogado defensor le pide que tome el tren de las seis cuarenta. Kane acepta ir, pero no acepta el caso. Lo que ofrece es una escucha: la de Tillman en la sala desnuda de una cárcel, la de un letrado que se cuida mucho de afirmar nada, la de antiguos compañeros que insisten en que ese hombre no mata. Contra ellos, un relato sin testigos —un garaje escondido detrás de una vieja fábrica de jabón, una noche entera de trabajo que nadie vio, una discusión doméstica por un empleo de maestra— y una policía convencida de tener pruebas suficientes.
La novela avanza por conversaciones más que por persecuciones: mostradores de bar, comisarías, despachos de provincias, trenes con retraso y hoteles grises junto a la estación. Su tensión nace de una pregunta incómoda que Kane formula sin piedad, primero a los demás y después a sí mismo: cuánto vale la buena opinión que unos hombres tienen de otro cuando lo único que sostiene su inocencia es su propia palabra.
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