Adrian Wolff, vampiro berlinés y aprendiz del poderoso herr Eiskalt, es enviado a Madrid para investigar la desaparición de Marcos Augusto, uno de los tres pilares que sostienen la frágil paz entre los inmortales de la ciudad.
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Adrian Wolff, vampiro berlinés y aprendiz del poderoso herr Eiskalt, es enviado a Madrid para investigar la desaparición de Marcos Augusto, uno de los tres pilares que sostienen la frágil paz entre los inmortales de la ciudad. La misión promete gloria si triunfa y aniquilación si falla: allí todos son sospechosos y él no tiene protector. Pero lo que de verdad amenaza a Adrian no espera en Madrid, sino en la mujer mortal que ha dejado atrás y a la que, contra toda su naturaleza, ha llegado a amar.
Hay una sala en Berlín donde las cortinas rojas cuelgan como ojos hemorrágicos y la alfombra parece un cuajarón de sangre. Allí, un anciano de cabello cano llamado herr Eiskalt le entrega a su pupilo una llave y una jaula al mismo tiempo: un encargo en Madrid, lejos de casa, lejos de su respaldo. Adrian Wolff acepta, porque un aprendiz obedece y porque entre los de su especie mostrar miedo es más letal que cualquier enemigo.
El trabajo es aparentemente sencillo. Don Rodrigo, Juez de Madrid, ha logrado sostener un triángulo de poder que mantiene a raya las viejas reyertas entre “hermanos”. Uno de los tres vértices, Marcos Augusto —milenario, capaz de gobernar sobre las mentes, el agua, el fuego, el viento y la tierra—, se ha desvanecido sin dejar restos ni rastro. Con la balanza rota, la guerra vuelve a asomar, y don Rodrigo necesita un investigador que no tenga intereses en la ciudad. Adrian entiende de inmediato la trampa aritmética del encargo: si a Marcos Augusto lo destruyó alguien, ese alguien es más fuerte que él, y habrá que acusarlo en público. Con un mapa bajo el brazo, se ha metido en una cueva de ladrones.
Pero la novela no se conforma con la intriga política. Antes de partir, Adrian entra sin hacer ruido en el piso de Helena, primera violinista de la Filarmónica de Berlín, para despedirse. Ella le pide hablar a su regreso: no puede amar a un fantasma. Él se marcha pensando la palabra que ella todavía no sabe. Y entonces el relato retrocede y cuenta la misma historia desde el otro lado, y lo que parecía un romance nacido de la desgracia se revela como una obra construida con premeditación quirúrgica: el prometido asesinado, el funeral nocturno, el atracador oportuno, el consuelo puntual. Adrian lo orquestó todo para poseerla, y el castigo se le volvió condena, porque lo único que no había planeado era sentir. El eco de esa culpa llega antes que él a la puerta de Helena, en un sobre firmado por un enigmático “Doctor” que hace tres preguntas capaces de derrumbar cinco meses de mentiras.
En Madrid le espera Fernando Castillo, Condestable de la Casa de Augusto, hijo y heredero del desaparecido: el primer beneficiado y, por eso mismo, el primer sospechoso. Su primer encuentro es un duelo de cortesías afiladas y mentes forzadas en el asiento trasero de un coche negro, y establece la ley que gobierna toda esta ciudad de neón que apaga las estrellas: cada frase amable esconde un cálculo y cada alianza tiene fecha de caducidad —“amigos, por ahora”.
Cuando cae la noche I: Ascensión abre una saga que combina la novela de intriga con el vampirismo clásico, sin cesiones románticas: aquí los inmortales no sienten placer, sino poder; no aman, administran. Bajo la cita de Juan que la encabeza —los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas—, la obra plantea una pregunta incómoda a través de un protagonista brillante, ambicioso y amoral: qué le ocurre a un monstruo cuando descubre que aún puede querer algo, y cuánto de sí mismo está dispuesto a perder para conservarlo. Berlín contra Madrid, lo frío contra lo cálido, lo racional contra lo pasional. Y una advertencia de despedida que suena a profecía: cuidado con el sol de España, es muy caluroso.