Poema didáctico en endecasílabos que parodia los tratados clásicos del amor para levantar, con voz de maestro, una supuesta ciencia del comercio sexual en el Madrid dieciochesco.
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Poema didáctico en endecasílabos que parodia los tratados clásicos del amor para levantar, con voz de maestro, una supuesta ciencia del comercio sexual en el Madrid dieciochesco. Tras una extensa defensa preliminar —la voz poética se declara espejo y no oficina—, el canto pasa de la argumentación moral al catálogo callejero: precios, engaños, enfermedades, precauciones y una topografía minuciosa de barrios, tabernas y paseos.
La obra se presenta como un arte en el sentido antiguo del término: un cuerpo de preceptos versificados que promete enseñar con método aquello que, según su autor, todos practican a ciegas. La invocación inicial no va dirigida a una musa épica sino a Venus, y el destinatario declarado es un joven sin fortuna que necesita instrucción práctica y barata.
El primer canto es casi enteramente defensivo. Antes de formular una sola regla, el poema anticipa el escándalo y construye su alegato: sostiene que no inventa el vicio sino que lo describe, compara su materia con la de los tratados de guerra y artillería —aplaudidos pese a enseñar a destruir hombres—, repasa ejemplos bíblicos y clásicos, y llega a afirmar que su enseñanza podría reducir la ruina económica de los jóvenes, contener el contagio venéreo y proteger los matrimonios y la honra de las doncellas. La fórmula que resume esa posición es lapidaria: ya que hay mal, que el modo al menos sea bueno.
El segundo canto abandona la teoría. Su regla central es económica: no pagar, no enamorarse, no repetir con la misma mujer más allá de lo estrictamente necesario. A ello se suman advertencias sanitarias, un largo excurso burlesco sobre el origen del preservativo —atribuido a la ocurrencia de un fraile— y la recomendación de alquilar cuarto propio para esquivar alcahuetas y escándalo. Cierra un recorrido por el Madrid nocturno: Lavapiés, Leganitos, el Barquillo, la Puerta del Sol, la Montera, el Prado, Recoletos, la plaza de la Cebada.
El tercero convierte el catálogo en nomenclátor. Ajusta la táctica a cada figura, como el cazador a su presa, y desgrana una galería de apodos —la Carrasca, la Nevera, la Caracolera, la Perpiñana— en un registro que oscila entre la burla, el retrato costumbrista y algo parecido al homenaje. El texto conservado se interrumpe en mitad de esa enumeración, dejando el arte inconcluso justo donde más se parecía a un censo de la ciudad.
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