Armando Guerra Segura, hombre de mediana edad actualmente en paro, vive en el piso que compró años atrás con su novia Charito durante la burbuja inmobiliaria.
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Armando Guerra Segura, hombre de mediana edad actualmente en paro, vive en el piso que compró años atrás con su novia Charito durante la burbuja inmobiliaria. A través de una voz irónica y reflexiva, la novela recorre las decisiones económicas de aquella época, la precariedad de la crisis posterior, y cómo la vida cotidiana persiste con humor y desencanto en tiempos de incertidumbre laboral y penuria económica.
Armando Guerra Segura es un hombre de cuarenta y seis años —aunque se resta diez cuando se lo preguntan— que vive en un piso de ciento diez metros cuadrados en la parte alta de la ciudad. La vivienda la adquirió años atrás, gracias en parte a una herencia de su tío Agustín, fallecido en Venezuela, y a sus propios esfuerzos durante una época de empleo estable.
Junto a Charito, su novia desde los tiempos de bachillerato, la novela recorre un período de decisiones esperanzadas: cuando ambos, seducidos por la promesa de un boom inmobiliario aparentemente sin fin, se atrevieron a visitar pisos piloto, a recorrer oficinas bancarias, y finalmente a firmar una hipoteca de quince años. Armando narra con humor e ironía esa experiencia: las visitas a inmobiliarias, las negociaciones con bancos que parecen atracadores legales, la frustración de encontrar la vivienda perfecta entre ofertas cada vez más caras.
Pero aquella esperanza de mediados de los noventa, cuando Armando gozaba de buen empleo y Charito trabajaba pese a no necesitarlo, se ha visto transformada por la crisis económica. Hoy Armando está en paro desde hace más de un año, subsistiendo gracias a la prestación por desempleo que pronto agotará. Rodeado de una familia donde abundan los Javieres y personajes complicados, reflexiona sobre su vida con la perspectiva que da la desocupación, viéndola no como trauma sino como entrenamiento involuntario para la jubilación. Su relación con Charito es compleja: ella es inteligente y pragmática, obsesionada con la corrección del idioma y la economía, pero también portadora de un carácter cada vez más avieso.
En el contexto de una España convulsa donde la indigencia campea sin solución efectiva a la vista, Armando encarna al ciudadano medio que una vez soñó con la propiedad como símbolo de estabilidad, solo para ver esa promesa desmoronarse. Sus reflexiones sobre el desempleo, la banca y la vida cotidiana conforman un retrato agudo de la realidad económica de la época.
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