Ensayo histórico que rastrea el origen y la persistencia de la llamada Leyenda Negra: el conjunto de relatos, caricaturas y prejuicios que, desde el siglo XVI, presentó a España y al mundo hispánico como singularmente crueles, fanáticos y…
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Ensayo histórico que rastrea el origen y la persistencia de la llamada Leyenda Negra: el conjunto de relatos, caricaturas y prejuicios que, desde el siglo XVI, presentó a España y al mundo hispánico como singularmente crueles, fanáticos y atrasados. El autor, historiador estadounidense, examina cómo la imprenta, las guerras de religión y la rivalidad imperial convirtieron la propaganda en historia aceptada, y cómo esos esquemas siguieron condicionando la enseñanza, la literatura popular y la política exterior de su país hacia España y América Latina.
El libro parte de una imagen tomada de una comedia inglesa de 1625 —el «extenso y fecundo árbol de odio» entre España y sus rivales— y la convierte en hilo conductor de una investigación sobre cómo se fabrica, se difunde y se hereda un prejuicio nacional. Su tesis central es que la hostilidad hacia lo español no fue una conclusión de la historia, sino una campaña que terminó ocupando el lugar de la historia.
La reconstrucción arranca en el momento en que España alcanza la primera hegemonía global de la era moderna. Ese poderío, sostiene el autor, le creó un cerco de adversarios —italianos, ingleses, holandeses, alemanes, franceses, portugueses— que combinaron temor, envidia y las pasiones religiosas de la Reforma con una herramienta entonces nueva: la imprenta. España fue, según esta lectura, el primer país en sufrir el impacto sistemático del texto impreso como arma de propaganda, y el resultado fue una versión de su pasado tan repetida que acabó confundiéndose con el conocimiento establecido.
El ensayo desmonta después el repertorio de figuras que sostiene esa versión: el español moreno y traicionero de los manuales escolares y del cine, el inquisidor encapuchado, el conquistador reducido a buscador de oro, el hacendado despiadado, el bandolero, el mexicano servil de las películas del oeste. Frente a ellos aparece siempre el contrapunto del héroe nórdico, en un reparto de papeles que el autor considera literariamente cómodo e históricamente falso. También dedica atención a la literatura de viajes, que desde finales del siglo XV fue acumulando observaciones superficiales sobre las costumbres peninsulares hasta producir un país imaginario, y recoge la ironía con que escritores españoles como Juan Valera respondieron a esas invenciones.
Un capítulo decisivo aborda el doble rasero en el vocabulario histórico: la misma acción recibe un nombre cuando la protagoniza un español y otro distinto cuando la protagonizan ingleses, holandeses o franceses —codicia frente a espíritu colonizador, fanatismo frente a unidad nacional, atrocidad frente a problema político—. El autor recupera la definición clásica de Julián Juderías, discute el peso desmedido atribuido a la denuncia de Bartolomé de Las Casas y advierte que reducir la Leyenda Negra al debate americano deja fuera sus raíces europeas. Al examinar tres siglos de dominación española en América, insiste en la complejidad real de una sociedad mestiza y plural frente a las generalizaciones que la sustituyen.
Escrito originalmente para lectores estadounidenses y trasladado luego al castellano, el libro es también un alegato sobre el presente de su autor: sostiene que los esquemas heredados siguen instalados en las aulas, en la prensa y en los círculos de decisión política, que rara vez se los reconoce como prejuicio —a diferencia de otros que sí se combaten abiertamente— y que esa ceguera dificulta el entendimiento entre los dos ámbitos culturales más extensos de Occidente. El tono es polémico y declaradamente parcial, y sus referencias a la Guerra Fría, al comunismo y al franquismo sitúan la obra con nitidez en el debate intelectual de su época, algo que el lector actual leerá como parte del propio documento.