Novela histórica ambientada en el Aragón del siglo XIII que sigue a los almogávares —guerreros de montaña, pastores convertidos en combatientes— y a un hombre, Vallesius, que llega moribundo al hospital de Santa Cristina de Somport y…
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Novela histórica ambientada en el Aragón del siglo XIII que sigue a los almogávares —guerreros de montaña, pastores convertidos en combatientes— y a un hombre, Vallesius, que llega moribundo al hospital de Santa Cristina de Somport y reencuentra allí a un viejo amigo. Entre el fragor de los combates contra los sarracenos y el silencio de los caminos de peregrinación pirenaicos, la obra reconstruye una época en la que defender la tierra era, a la vez, un oficio y una forma de vida.
En las montañas del Pirineo aragonés, a comienzos del siglo XIII, la vida de las aldeas transcurre suspendida entre el miedo y la esperanza. Sus habitantes —ancianos, enfermos, mujeres y niños— saben que, mientras ellos permanecen resguardados tras las paredes de sus casas, en las alturas cercanas velan los almogávares: hombres endurecidos por la intemperie que descienden de madrugada, con escaso armamento y ninguna montura, para enfrentarse a un enemigo mucho más numeroso. La novela se abre con una de esas incursiones. Un escuadrón de doce hombres al mando de Belián, antiguo pastor elevado a caudillo por elección de sus compañeros, parte del monasterio de San Juan de la Peña en la madrugada helada de febrero de 1209 y atraviesa el monte Oroel rumbo a un campamento sarraceno señalado por los pastores de la zona. El asalto —precedido por el chispear del hierro contra la piedra de fuego y el grito que da nombre a su leyenda— sella el retrato de un modo de vida que no fue elegido, sino impuesto por las circunstancias.
Casi medio siglo después, en 1255, el relato cambia de escala y se vuelve íntimo. Un hombre de cincuenta y dos años, con el cuerpo remendado por las heridas y el alma dividida entre el orgullo y el remordimiento, se desploma sobre la nieve en un camino de montaña y queda allí, sin conocimiento, a merced del frío y de los animales. Lo encuentra por azar un grupo de peregrinos llegados desde Arles: nueve personas reunidas menos por devoción compartida que por necesidad de protegerse de los asaltantes del camino. Entre ellos hay creyentes sinceros, dos prostitutas, un desertor, un peregrino de alquiler que cumple una manda testamentaria y dos condenados que caminan como penitencia en lugar de ir a la cárcel. Ese grupo dispar carga con el moribundo hasta el hospital de Santa Cristina de Somport, donde el canónigo hospitalero Satornil, que aguarda con escepticismo su llegada, reconoce en el rostro del enfermo a alguien de su pasado: Vallesius.
Ese reencuentro —un abrazo en el que se mezclan el afecto, la nostalgia y viejas desavenencias nunca resueltas— abre la puerta a la memoria de un almogávar. Alrededor de él, la novela despliega con detalle el mundo material y espiritual de la época: los monasterios y hospitales de peregrinos, el puerto del Somport y el castillo de Candaljub que guardaba el paso hacia Francia, los peajes y los derechos de ruta, la indumentaria y las armas de aquellos combatientes, la disciplina con que los hijos se preparaban desde niños para una vida que sabían breve, y la entereza de unas madres obligadas a reservar el llanto para la soledad de la noche.
Beatriz García Aloras escribe una prosa densa y de aliento lírico, atenta al paisaje —el viento que danza sobre los tejados, la nieve que disfraza los senderos, la niebla que oculta el precipicio— y al vocabulario propio del tiempo narrado, apoyado en un aparato de notas que sitúa lugares, oficios y objetos. El resultado es una novela que combina la crónica bélica con el retrato humano: no solo el estruendo de las batallas, sino también lo que quedó después en quienes las libraron.
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