En un campo de prisioneros del final de la Segunda Guerra Mundial, un oficial derrotado del ejército yugoslavo evoca la visión nocturna de Veronika, su esposa, quien lo abandonó hace siete años en Maribor.
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En un campo de prisioneros del final de la Segunda Guerra Mundial, un oficial derrotado del ejército yugoslavo evoca la visión nocturna de Veronika, su esposa, quien lo abandonó hace siete años en Maribor. Entre memorias de su vida militar en Liubliana, cuando fue instructor de equitación de una joven dama ajena al mundo marcial, el protagonista reflexiona sobre la caída de su reino y la pérdida de todo lo que definía su existencia: el honor, la patria y el amor que nunca pudo retener.
En las últimas noches de mayo de 1945, en un campo de prisioneros vigilado por soldados británicos, Stevan Radovanović, mayor de caballería del ejército real yugoslavo, experimenta una visión perturbadora: Veronika, su esposa, se le aparece en el corredor de la barraca como si estuviera viva, tal como lo hacía años atrás cuando deambulaba insomne por su apartamento en Maribor. Su voz profunda, casi masculina, resuena tras siete años de silencio: un sonido que había permanecido perdido en la memoria, desvanecido en el tiempo.
Radovanović porta la derrota en su cuerpo: un diente perdido en los bombardeos de Idrija, ojeras de insomnios perpetuos, un uniforme que ya no representa gloria alguna. Su ejército, otrora portador de la tradición noble de la caballería, ahora yace desarmado, despojado de municiones y dignidad, guardián de un rey sin reino cuya fotografía cuelga en la barraca como fantasma de un mundo desaparecido.
La aparición de Veronika lo transporta al verano de 1937, cuando fue designado por el mayor Ilić para una tarea especial: instruir en equitación a la joven esposa de un distinguido señor de negocios, mujer educada en Berlín que cuestiona la razón de la caballería y critica llevar caballos a la guerra. Esa mujer, dotada de una libertad de pensamiento que desafía su rígida formación militar, representa un mundo ajeno a los deberes del honor y la patria. Su amor por los caballos, que ve como seres que deberían correr libres por los prados, choca frontalmente con la visión del oficial: la disciplina, el orden, el sacrificio necesario.
En el presente del cautiverio, el oficial entiende que su mundo se ha desmoronado. Siete años atrás, cuando Veronika lo abandonó, creyó que el fin había llegado, pero entonces aún tenía el ejército, su propósito, sus caballos. Ahora no queda nada: ni victoria ni patria, ni el caballo Vranac que pudo haber visitado su esposa antes de desvanecerse definitivamente. Solo quedan fragmentos: rostro destrozado en un espejo roto, memorias de un hombre que fue oficial modelo y heredero de glorias pasadas, y la comprensión de que la derrota personal de siete años atrás era solo el preludio de un colapso infinitamente mayor.
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