En Nublos, una aldea gallega de posguerra atravesada por el río Lágrimas, Orestes Lagoa —el menor de trece hermanos— aprende a leer el mundo con un diccionario bajo el brazo mientras la muerte entra y sale de su casa.
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En Nublos, una aldea gallega de posguerra atravesada por el río Lágrimas, Orestes Lagoa —el menor de trece hermanos— aprende a leer el mundo con un diccionario bajo el brazo mientras la muerte entra y sale de su casa. Carlos Andrade Caamaño levanta un retablo coral de emigrantes, boxeadores, curas cobradores y abuelos ciegos donde el infortunio convive con una terquedad silenciosa. Prosa de imágenes talladas y humor áspero para una infancia que hace de la palabra su único refugio.
Llueve sobre Nublos desde la primera página. En esa aldea gallega inventada con la nitidez de las reales, bañada por un río que se llama Lágrimas, transcurre la infancia de Orestes Lagoa, un niño de nueve años sin cumplir que aprendió a leer casi antes que a hablar y que asiste a los entierros de su propia familia con un diccionario en la mano, buscando las palabras —óbito, deceso, duelo— que expliquen aquello que los adultos apenas se atreven a nombrar.
La novela arranca en un velatorio: el cuerpo de un hermano repatriado desde Suiza, los emigrantes que vuelven con los brazaletes negros ya cosidos de lutos anteriores, el ataúd de fondo abatible que la aldea se presta entierro tras entierro, y un párroco que se presenta a cobrar antes de que se sequen las lágrimas. Alrededor de ese eje se despliega todo un mundo: Milagros, la madre enferma; Chuco Lagoa, el padre ganadero que no admite boxeadores bajo su techo; Benedicto, el hermano que entrena a escondidas junto al río; Angustias, que corrige a bofetadas; don Manuel, el catedrático de pajarita que presta libros y conversación; el abuelo ciego que enseñaba a orientarse por el olor de los pinos; y los parroquianos de la taberna de Che, que comentan, murmuran y sostienen el relato como un coro de pueblo.
Andrade Caamaño elige una voz insólita y eficaz: la crónica se cuenta desde ese «nosotros» que observa y juzga desde el ventanal de la taberna, alternado con la conciencia desbordada del niño, hecha de recuerdos que se encabalgan, visiones, apariciones temidas y preguntas sin respuesta. El resultado es una prosa de imágenes muy físicas —la telaraña del ventanuco roto, las ortigas del camposanto, el candil que mide el tiempo de las visitas— y un humor seco que corta la desolación sin endulzarla.
Bajo la anécdota rural late un retrato del hambre y de la emigración, del poder eclesiástico y de la vergüenza de los pobres, de las familias numerosas repartidas por Alemania, Argentina y Suiza que solo vuelven a reunirse alrededor de un féretro. Y late, sobre todo, la formación de una sensibilidad: la de un chaval que convierte la palabra en refugio y en arma. Una novela que pide lectores cómplices y no ofrece consuelos fáciles.
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