Verano de 1989 en Rivière-du-Loup: un adolescente conoce en las gradas del estadio municipal a Hope Randall, recién llegada de Nueva Escocia, que abre la conversación calculando cuántos campos de béisbol cabrían en el radio de una…
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Verano de 1989 en Rivière-du-Loup: un adolescente conoce en las gradas del estadio municipal a Hope Randall, recién llegada de Nueva Escocia, que abre la conversación calculando cuántos campos de béisbol cabrían en el radio de una explosión nuclear. Hope pertenece a un linaje que hereda, generación tras generación, la fecha exacta del fin del mundo; su madre recibió la suya —el verano del 89— y ha organizado la vida entera alrededor de esa espera. Con humor seco y una ternura sin sentimentalismo, la novela cuenta la amistad entre dos chicos que crecen mientras el apocalipsis anunciado no acaba de llegar.
La historia arranca con una piscina municipal cerrada por rotura de tuberías, un aire amarillento de polen y un narrador adolescente que vaga por el barrio con la toalla al cuello. En las últimas gradas del estadio, una chica con gorra de los Mets lee el decimotercer tomo de un método de ruso por correspondencia y, en lugar de saludar, explica con precisión de ingeniera lo que ocurriría si una bomba estallara sobre la ciudad: la onda expansiva, la radiación térmica, la arena convertida en canicas de vidrio, dos primates de agua vaporizados en tres milésimas de segundo. Esa conversación funciona como declaración de principios del libro entero: la catástrofe se mide, se divide, se convierte en unidades comprensibles, y en el fondo es una manera de hablar de otra cosa.
Hope Randall llega de Yarmouth con su madre y se instala en una antigua tienda de mascotas reconvertida en vivienda, encajada entre una lavandería y las cocinas de un restaurante chino, con el suelo aún marcado por los acuarios y los estantes desaparecidos. Allí se acumulan sacos de harina, latas y cientos de bolsas de fideos instantáneos: provisiones calculadas en calorías por metro cúbico por una mujer que se niega a comprar nada perecedero. La novela retrocede entonces para reconstruir la genealogía familiar, que es también su mejor hallazgo cómico y su herida: los Randall, deportados en el siglo XVIII y reinstalados en la turba de Nueva Escocia, reciben en la pubertad una revelación nocturna —sentida en la piel, en el olfato, en el gusto a ceniza— con la fecha de su fin del mundo personal. A cada uno le toca una distinta, y sobrevivir a la propia suele terminar en incendios, escopetas, sectas de nombre improbable o pabellones psiquiátricos. El árbol familiar se lee como una historia abreviada de la psiquiatría norteamericana.
En el centro está Ann, la madre: políglota precoz, lectora de lenguas muertas, criada entre un padre predicador y una madre internada, que a los doce años recibe una visión incompleta —solo una estación, solo un año— y pasa el resto de su vida intentando corregir el error. Y está Hope, que crece haciendo de adulta: limpia la casa antes de las visitas de los servicios sociales, rescata un televisor de la basura para simular normalidad, tritura clozapina en el té materno cada mañana y aprende de la ciencia divulgada en la televisión pública todo lo que su casa no puede darle. Su fuga hacia el oeste, en un Lada cargado hasta los amortiguadores, se detiene por avería mecánica a las puertas de un pueblo cualquiera, y ese azar decide dónde esperarán el apocalipsis.
Lo que sigue es un curso escolar visto desde el margen: el patio del instituto, una ronda de reparto de periódicos, la sonda Voyager mandando fotos de Neptuno, Chernóbil en directo, la perestroika y la sospecha de que la guerra fría se está apagando. El narrador, enamorado sin decirlo, observa a Hope con una mezcla de admiración y alarma, temiendo cada mañana encontrar la tienda de mascotas vacía. Bajo la comedia late una pregunta seria: qué hace alguien cuando hereda el miedo pero no la certeza, y qué queda de una vida organizada alrededor de una fecha que no llega. La prosa es breve, capitulada, llena de datos exactos y de humor, y consigue que la cuenta atrás resulte, más que aterradora, extrañamente entrañable.
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