En Madrid-Alfa, una ciudad gobernada por el Gran Ordenador, Antía tiene nueve años, un gato llamado Pipe y un abuelo que todavía cree en los cuentos.
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En Madrid-Alfa, una ciudad gobernada por el Gran Ordenador, Antía tiene nueve años, un gato llamado Pipe y un abuelo que todavía cree en los cuentos. Mientras sus compañeros viven pegados a las pantallas y el aula de literatura se queda vacía, la niña y Matías defienden un territorio propio: una casita baja con un cerezo, las historias de Argental y la certeza de que imaginar aún sirve para algo.
Corre el año dos mil veinte y Madrid-Alfa vive bajo la administración minuciosa del Gran Ordenador: una voz metálica que sustituye las campanadas de Nochevieja, dirige el tráfico, aconseja qué comer y qué pensar, y conoce hasta el último detalle de sus ciudadanos. En esa ciudad de hormigón y acero resiste Villafín, la única casa baja del barrio, con su jardín diminuto y el viejo cerezo que fue plantado el día en que nació Matías. Allí viven el abuelo —profesor de literatura en un colegio donde ya nadie acude a sus clases—, su nieta Antía y Pipe, el último gato casero del vecindario.
Antía tiene nueve años, la sonrisa de su madre y los ojos de su padre, ambos muertos en un accidente que provocó una computadora de vuelo. Es la última de la clase de Basic, no porque no sepa, sino porque ha decidido librar una guerra silenciosa contra las máquinas. Prefiere las canicas, las chapas y, sobre todo, los cuentos que su abuelo improvisa: las aventuras de Argental, el Caballero de las Estrellas, que cruza el cosmos junto a la princesa Aluxa, el bufón Chixplón y el caballo alado Trótalis en busca del planeta perdido donde espera la mitad de una corona.
El mundo, sin embargo, aprieta. La librería infantil de don Emilio cierra por falta de existencias —las editoriales han dejado de publicar para niños— y el viejo librero termina en un centro para la tercera edad. La profesora Elisa plantea al abuelo una pregunta incómoda y honesta: negarle a Antía los saberes que su época exige, ¿no es también una manera de marginarla? Y un telegrama urgente, firmado por G. O., anula la asignatura de literatura y destituye a Matías, que acaba limpiando vías en los túneles del metro y conversando, acuclillado en un michinal, con personajes que solo él ve.
Narrada con humor y ternura, la novela alterna la vida diaria de una casa donde se inventan canciones y se compite comiendo uvas con el retrato de una sociedad que ha delegado su memoria en las máquinas. Frente al rencor, el abuelo enseña algo sencillo: cada vez que odiamos gastamos un trocito del amor que guardamos dentro. Y frente a una ciudad que ha dejado de soñar, una niña cabezota y un anciano sostienen la última biblioteca posible, la que se cuenta en voz alta.
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