Un jet privado despega de Martha's Vineyard una noche de niebla con once personas a bordo —una familia poderosa de la televisión, un banquero de Wall Street con problemas y un pintor invitado a última hora— y se estrella en el mar…
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Un jet privado despega de Martha's Vineyard una noche de niebla con once personas a bordo —una familia poderosa de la televisión, un banquero de Wall Street con problemas y un pintor invitado a última hora— y se estrella en el mar dieciocho minutos después. La novela arranca en ese punto exacto: el instante en que una casualidad de agenda convierte a desconocidos en víctimas y, a uno de ellos, en superviviente.
El aeropuerto de Martha’s Vineyard, una noche cálida de finales de agosto, con una niebla espesa arrastrándose sobre la pista. En la escalerilla de un OSPRY 700SL de nueve plazas —registrado a nombre de una sociedad opaca, pilotado por una tripulación que no se conocía hace unos años— van subiendo, uno a uno, los pasajeros del último vuelo de sus vidas.
Están los Bateman: David, el ejecutivo cincuentón que levantó un canal de noticias de veinticuatro horas y desde entonces habla por teléfono más de lo que mira a su familia; Maggie, su mujer, exmaestra de párvulos que nunca ha terminado de creerse la fortuna en la que vive; Rachel, de nueve años, curiosa y luminosa pese a un secuestro del que la familia no habla; y J. J., de cuatro, dormido en brazos de su padre. Los acompaña Gil, el guardaespaldas israelí que jamás se quita la americana. Suben también los Kipling, Ben y Sarah —él, socio de un gran banco, con un asunto urgente que necesita comentar con David y que David no quiere escuchar—. Y, cuando la puerta ya se cierra, llega corriendo Scott Burroughs, cuarentón, pintor, con manchas de pintura en las zapatillas y una bolsa de viaje al hombro: Maggie lo invitó esa misma mañana, por casualidad, en el mercado.
El narrador nos advierte de lo que ninguno de ellos sabe. Mientras suenan crooners de los cincuenta y un partido de béisbol de fondo, mientras Maggie arropa a su hijo y siente ese vértigo del despegue que la aterra y la exalta, el relato desliza la frase que reordena todo lo anterior: dieciocho minutos después, el avión caerá al mar.
La narración retrocede entonces hasta un niño de seis años en Fisherman’s Wharf, en San Francisco, que ve a Jack LaLanne salir del agua tras cruzar a nado desde Alcatraz esposado y arrastrando una barca. Ese niño es Scott. Aquella tarde entendió que un hombre corriente podía hacer algo imposible si estaba dispuesto a pagar el precio, y dos días después, de vuelta en Indianápolis, se apuntó a clases de natación. Décadas más tarde, esa decisión aparentemente trivial vuelve a él en forma de olas negras, restos ardiendo sobre el agua y una costa que no sabe si existe.
Con una prosa fría y precisa, la novela alterna el antes y el después de la caída para preguntarse por el azar y la causalidad: cómo dos personas acaban en el mismo sitio a la misma hora, qué historias privadas —dinero, poder, secretos financieros, viejas culpas— viajaban en esa cabina, y qué queda de una vida cuando de pronto solo quedan la voluntad y el mar. Es a la vez un relato de supervivencia, un retrato incisivo de la élite estadounidense y la crónica de cómo un accidente se convierte, casi de inmediato, en espectáculo.
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