Un atardecer cualquiera en Naboo se quiebra cuando la HoloNet Imperial anuncia la destrucción de Alderaan. Desde su terraza, con una taza de té entre las manos, Annileen encaja la noticia y descubre que el duelo la devuelve a otro planeta…
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Un atardecer cualquiera en Naboo se quiebra cuando la HoloNet Imperial anuncia la destrucción de Alderaan. Desde su terraza, con una taza de té entre las manos, Annileen encaja la noticia y descubre que el duelo la devuelve a otro planeta y a otra vida: Tatooine, el mostrador del Reclamo de Dannar y el hombre discreto que la convenció de marcharse. Relato breve de tono íntimo, ambientado en el universo de Star Wars, escrito y publicado por aficionados de manera gratuita.
La escena empieza en calma. Los campos verdes de Naboo se van tiñendo con la luz baja de la tarde, las aves cruzan el cielo en formación y Annileen bebe té en su terraza, lo bastante lejos del centro de la Galaxia como para creerse a salvo de ella. Esa tregua dura lo que tarda un boletín en abrirse paso: la HoloNet Imperial informa, con la retórica ensayada de quien administra el horror, que Alderaan ha sido destruido por su propia superarma y que el Emperador lamenta la pérdida.
El relato no busca la batalla ni el contragolpe. Se queda en el cuerpo de una mujer que cierra los ojos y contiene el aliento mientras un mundo entero desaparece del mapa. Alderaan no es para ella una abstracción política: allí estudió, allí conversó de noche con sus compañeros, allí sus hijos recorrieron museos flotantes. La noticia convierte esos recuerdos en objetos sin lugar al que volver, y obliga a Annileen a preguntarse por qué está viva y a salvo en otro planeta.
La respuesta tiene nombre. Años atrás, en Tatooine, un hombre reservado al que conoció como Ben insistió en que se marchara, y esa insistencia la sacó del pozo cotidiano del Reclamo de Dannar, donde servía a bandas criminales, secuestradores y cazarrecompensas. Nunca se explicó del todo, nunca habló del propósito que lo mantenía en el desierto, y desde el día en que él caminó hacia las dunas y ella hacia las estrellas no hubo cartas ni mensajes. Solo la memoria de una tarde compartida en silencio, en el techo de su tienda, viendo ponerse los soles gemelos.
Y, de tanto en tanto, algo más: una presencia tenue que no llega por los sentidos, un eco cálido en el pecho, la sensación de una mirada lejana. El texto la nombra sin explicarla y sin apoyarse en la mitología jedi más allá de lo justo; deja abierta la duda de si Ben sigue vivo, si cumplió aquello que se había propuesto o si se ha desvanecido como los guardianes de otra época. El vínculo se sostiene en la incertidumbre, y esa es precisamente su forma.
De extensión breve y ritmo pausado, la pieza funciona como una viñeta emocional dentro de un momento muy reconocible de la cronología galáctica, contado desde el margen: no desde quien empuña un sable ni desde quien pilota un caza, sino desde una civil que sobrevivió gracias a un consejo. Su cierre no promete reencuentros ni venganzas. Propone algo más modesto y más difícil: que en una galaxia en guerra, poder sentir todavía a alguien basta para sonreír al atardecer.
Se trata de una obra de fans, distribuida sin coste por sus autores para el público hispanohablante, con la petición expresa de conservar la atribución de origen y no comercializarla.