Inés sueña y anota lo soñado. De ese cuaderno nace un libro breve y punzante donde los sueños —peces radiactivos en un charco de Cabo de Gata, una guerra a la que se va de excursión, un metro imaginario con líneas que matan— se enredan con…
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Inés sueña y anota lo soñado. De ese cuaderno nace un libro breve y punzante donde los sueños —peces radiactivos en un charco de Cabo de Gata, una guerra a la que se va de excursión, un metro imaginario con líneas que matan— se enredan con la vigilia: un piso con ratones, un amor terminado, una carrera parada, la culpa de estar mal. Prosa oral y vertiginosa que convierte el inventario onírico en un autorretrato de la veintena rota.
Cada capítulo es un sueño, y cada sueño abre un paréntesis. Esa es la mecánica del libro: la narradora, Inés, cuenta lo que ha soñado —con la nitidez plana y sin extrañeza de quien está dentro— y luego, entre paréntesis, la vigilia interrumpe para explicar de dónde salía esa imagen. Así, un charco lleno de pececitos de colores en Cabo de Gata, donde su hermano le dice que son radiactivos, se enlaza con la rana albina de una excursión infantil por el río Aguas; unos asteroides que caen cerca sin llegar a tocarla desembocan en una mañana de mayo, unas costillas en el horno y una amiga que la agarra de la muñeca para decirle que su vida lleva años detenida.
El territorio es doble. Por un lado, la infancia en el Cabo de Gata de las minas, el volcán, las pitas y los granates recogidos en la gravilla; un padre y un hermano que organizaban planes temerarios y una madre que se tragaba el miedo en silencio, a la que la narradora solo entiende ahora que ella misma vive imaginando su propia muerte. Por otro, un presente en Madrid hecho de latas vacías, ceniceros, insomnio y un piso invadido por ratones que no combate ni acepta del todo, y que acaba leyendo como un diagnóstico de sí misma.
En medio está Javi. El deseo aparece sin eufemismos y sin pudor, primero como una atención al cuerpo del otro casi médica de puro enamorada, después como duelo: una noche de autodestrucción con otro hombre, una última vez en un hotel que no sabía que era la última, un lunar en un cuello que intuyó que recordaría siempre. Las estaciones van marcando el desconsuelo —entonces era junio, entonces era octubre, entonces era diciembre— hasta el presente en que sigue doliendo.
El humor sostiene lo que de otro modo sería insoportable: un safari de luna de miel que parece un área de servicio, un león que quizá sea Trotski, un musical inventado con coro de roedores, una serie titulada Quiroprácticos en Almería. Con frases largas, respiración oral y una honestidad sin coartadas, el libro levanta desde el material más resbaladizo —lo soñado, que no está escrito en ninguna parte— un autorretrato exacto de la angustia, la vergüenza del cuerpo, la ternura familiar y aquello que solo queda fijado cuando alguien se decide a escribirlo.