Cinco relatos breves que empiezan en lo cotidiano —un paseo nocturno con el perro, un correo electrónico, una excursión en bicicleta, un aula vacía, un semáforo en hora punta— y se desvían hacia lo inquietante sin levantar la voz.
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Cinco relatos breves que empiezan en lo cotidiano —un paseo nocturno con el perro, un correo electrónico, una excursión en bicicleta, un aula vacía, un semáforo en hora punta— y se desvían hacia lo inquietante sin levantar la voz. Unidos por narradores en primera persona que confiesan más de lo que pretenden, el libro explora la escritura como coartada, la culpa como síntoma físico y la crueldad doméstica que convive con la ternura. Bajo una cita de Enrique Vila-Matas, el conjunto sostiene un humor negro seco y una prosa de frase corta que mide con precisión la distancia entre lo que se cuenta y lo que se calla.
Un hombre pasea a su perro de madrugada por una plaza que, según sus cálculos a ojo, mide tanto de alto como de ancho. Nadie más parece haberlo notado, ni los periódicos, que publicaron el número de habitaciones del centro de mayores pero callaron las medidas de la losa. Esa obsesión geométrica —a medias delirio, a medias revelación— abre el libro y da la clave de todo lo que viene después: aquí las certezas privadas pesan más que los hechos, y la noche en que aparece una silueta que corre contra el muro y ríe al caer es también la noche en que la sospecha se confirma.
De ahí en adelante, los relatos giran una y otra vez sobre la figura del que quiere contar y no puede. Un tutor de talleres de narrativa, estreñido y con prohibición médica de estresarse, recibe la petición urgente de un desconocido y la despacha con una respuesta protocolaria; días después la policía lo cita ante un cadáver y una carta que lo obliga, desde la tumba, a escribir la confesión que el muerto nunca supo redactar y a entregarla en mano a una adolescente pelirroja. El encargo funciona como purga: lo que se libera al final no es solo un texto.
En otro registro, una niña recuerda la tarde de agosto en que persiguió con su abuelo cojo un pollo escapado entre los girasoles, la bicicleta BH azul, el sillín de cuero, el orgullo de la captura. La escena se cierra en la cocina, con una cacerola de barro y un buchito de sangre caliente que la hace mayor de golpe: la comprensión de que los abuelos más tiernos, en la cocina o en la guerra, deciden cada día si morir o matar.
El relato más extenso lleva a una escritora sin novela a un pueblo húmedo al que se ha mudado con su pareja y su hija persiguiendo inspiración, manzanos y mermeladas. Las clases están vacías, la zumba de las señoras retumba en el techo y una vecina irrumpe en el aula con un perro muerto en una bolsa del súper. Lo que sigue —un dedo en una frente, un portazo, una declaración— se cuenta con la lucidez amarga de quien administra sus propias mentiras y sigue prometiendo, contra toda evidencia, que mañana empieza.
Cierra el volumen la historia de César, que llega tarde al trabajo y espera en un paso de cebra junto a una niña colgada de las manos de sus padres. Un embarazo de riesgo, un despido, un pacto roto y una frase de ginecólogo que no se le va de la cabeza sostienen un monólogo interior donde un verbo de dos sílabas resulta demasiado fácil de pronunciar.
El conjunto trabaja con materiales reconocibles —la consulta médica, la comisaría, el instituto a la hora de entrada, la carretera parcheada de tractores— y los tuerce apenas lo justo. La respiración, el intestino, la sangre y el sudor aparecen como el idioma en que el cuerpo dice lo que el narrador no admite; la escritura, como una promesa aplazada que nunca se cumple del todo. Es un libro de voces que buscan complicidad con el lector y la usan para deslizar, entre confidencia y confidencia, aquello que ninguna de ellas se atreve a mirar de frente.
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