Un anciano artesano descubre que le han arrancado los árboles con los que fabricaba horcas y decide morir; una editora sale del pozo tras quince años de matrimonio con un hombre que la anuló; un traductor abraza a su mujer al saber que la…
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Un anciano artesano descubre que le han arrancado los árboles con los que fabricaba horcas y decide morir; una editora sale del pozo tras quince años de matrimonio con un hombre que la anuló; un traductor abraza a su mujer al saber que la enfermedad no tiene marcha atrás; un enfermero migrante vela el insomnio de una mujer que ya no recuerda su propia casa. Cinco vidas que la novela va acercando hasta que un nombre escrito en un sobre amarillento —Ana Molins— revela que ninguna de ellas estaba tan lejos de las otras.
En lo alto de una colina, Antón lía un cigarrillo y contempla el valle que conoce de memoria. Es el último horquero del país: aprendió del padre y del abuelo a doblegar las ramas tiernas del almez para que crecieran con la forma exacta de la herramienta, igual que a él lo doblegaron de niño para que heredara la tierra y el oficio sin preguntar. Ha sobrevivido a dos guerras, vive solo, no celebra cumpleaños —«la edad no pesa si no la celebras»— y discute a distancia con Bel, la sobrina que insiste en que contrate a alguien que lo cuide. Una gripe lo retiene siete días en cama. Cuando vuelve a subir, el bosque tiene una calva inmensa: sus almeces han sido arrancados de raíz para una línea de media tensión que nadie le consultó. Antón regresa a casa, se pone la única americana que tiene y los zapatos lustrados, guarda en el bolsillo un sobre con una fotografía y sus últimas voluntades, y decide el día de su muerte.
En otra ciudad, Nora escucha a su marido decir que se ha enamorado y rematar la frase con la misma pregunta con la que lleva años esquivando cualquier responsabilidad: «¿Qué quieres que haga?». Quince años de una relación que se fue estrechando hasta convertirse en menosprecio doméstico —miradas, frases hirientes, puñetazos en la pared— y en los que ella aprendió a vivir pendiente del humor de él. Cuando por fin se queda sola, se encierra a oscuras durante días, con dieciséis mensajes sin oír en el contestador: la madre preocupada, la hermana desde Londres, el socio de la editorial, la amiga que sube al rellano a llamar a su puerta. Hasta que una voz interior le dice basta y Nora escribe el mensaje que la devuelve al mundo.
Hay más hilos. Daniel cocina mientras su madre reprocha desde la puerta que su nuera no haga lo que a ella le tocó hacer, sin saber que esa tarde el médico ha confirmado la segunda opinión y que el llanto de su hijo detendrá a los transeúntes en plena calle. En la residencia Shangrilá, el enfermero Cervan —médico en su país antes de marcharse a buscar otra vida— sostiene la primera crisis de Ana Molins, con quien lleva dos años compartiendo insomnios, partidas de cartas y películas en la tablet, y decide no avisar al médico de guardia para que no la seden ni la aten. Y en un restaurante de moda, Alicia, cocinera televisiva y autora secreta de una saga de novela negra, espera a la amiga que no ha dado señales en dos semanas.
Escrita en capítulos breves que saltan de una vida a otra, la novela avanza por acumulación: el lector va reconociendo antes que los personajes las costuras que los unen. En el centro late una pregunta sobre lo que se hereda sin haberlo elegido —un oficio, un modo de callar, un modelo de mujer que se sacrifica—, sobre lo que se abandona a tiempo y lo que se pierde sin remedio. La memoria, el cuidado, el amor que sostiene y el que desuella conviven aquí con un retrato exacto de la vejez, del duelo y de la vida que sigue empujando después.
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