Un colegio femenino aislado entre el lago y la montaña recibe a Frédéric, un maestro de música de treinta y seis años que huye del ruido del mundo.
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Un colegio femenino aislado entre el lago y la montaña recibe a Frédéric, un maestro de música de treinta y seis años que huye del ruido del mundo. Sesenta alumnas lo observan desde las ventanas y lo convierten en leyenda; Miss Bell, la directora coja que gobierna la casa con disciplina exacta, lo observa a él. Entre lecciones sin música, castigos y jardines de sauces, la novela avanza hacia una promesa: la primera nevada.
Llega en un coche de caballos, se descubre el sombrero ante una mujer de negro y desaparece dentro de una casa de piedra donde nunca ha entrado un hombre. Frédéric tiene treinta y seis años, manos hechas para el piano y un pasado del que no habla; ha sido tutor en casas silenciosas, con niños enfermizos que lo olvidaron pronto, y acepta el puesto de maestro de música menos por el colegio que por sus prados, sus sauces y el aire limpio de la montaña.
El internado ocupa la antigua casa de verano de un conde, encajado entre un pueblo pequeño y unas cumbres que el invierno cerrará. Allí viven sesenta alumnas de diez a catorce años, uniformadas, medidas, corregidas: trenzas apretadas, botas relucientes, ejercicio en el jardín antes del desayuno. Miss Bell dirige ese orden apoyada en un bastón. Cojea, casi nunca come con las demás, desaparece durante días y regresa sin explicaciones. Su lema —la decencia empieza por la apariencia— sostiene un régimen que pule a las niñas para un mundo que las espera con altares y vestidos blancos.
La llegada del maestro enciende la imaginación de la casa. Las alumnas lo espían desde los cristales, se disputan el privilegio de haberlo visto primero, lo inventan caballero, predicador u hombre del mal. Él se resiste: no quiere el coro, no quiere recitales, apenas les pide que escriban qué sienten ante la música, y toca a solas con las cortinas corridas. Bajo la docilidad de los uniformes percibe otra cosa —pellizcos, pan robado, juegos que terminan en jauría— y en una niña rubia que corre descalza reconoce a su hermana, veinte años atrás, en otro lago.
Entre él y Miss Bell se instala una curiosidad recíproca que nunca llega a ser conversación. Ella lo cree demasiado blando para durar; él se pregunta quién fue antes de la cojera, de dónde viene esa nobleza gastada. Y una alumna esbelta, Angélica, dueña del misterio y de lo que las demás no alcanzaron a ver, guarda la única promesa que el maestro ha hecho desde que llegó: contar su verdadera relación con la música cuando caiga la primera nieve.
De atmósfera contenida y frase breve, es un retrato del deseo adolescente, la disciplina y la soledad en un lugar donde el invierno llega siempre antes de tiempo.
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