Escrita por el propio fundador de la osteopatía, esta autobiografía reconstruye, sin pretensiones literarias y sin apoyarse en archivos ni en fechas exactas, la vida de Andrew Taylor Still: la infancia fronteriza en Virginia, Tennessee y…
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Escrita por el propio fundador de la osteopatía, esta autobiografía reconstruye, sin pretensiones literarias y sin apoyarse en archivos ni en fechas exactas, la vida de Andrew Taylor Still: la infancia fronteriza en Virginia, Tennessee y Missouri, las escuelas de troncos, la caza y el trabajo en la granja, y el episodio infantil —unas riendas de arado bajo la nuca que calmaron un dolor de cabeza— que él mismo señala como su primer hallazgo osteopático. Edición de 1908, traducida al castellano.
Andrew Taylor Still decidió contar su vida él mismo, y lo advierte desde la primera página: desconfía de los biógrafos profesionales y de los cronistas que, según recuerda de los años de la guerra, escribían batallas que nunca vieron de cerca. De ahí el tono del libro —hechos rememorados, sin notas ni cronología estricta, con episodios que a veces parecen no guardar relación entre sí— y también su valor: se escucha la voz de un hombre mayor repasando lo que dejó huella en él.
El relato arranca en la frontera. Las primeras escuelas son cabañas de madera y maestros que administran la vara con más constancia que la gramática; los traslados familiares —de Jonesboro a Newmarket, y de allí a Missouri cuando su padre es enviado como misionero— interrumpen una y otra vez la educación, que se retoma con maestros contratados entre vecinos a dos dólares por cabeza. Alrededor de esas aulas improvisadas aparece el otro aprendizaje: el fusil de chispa, los perros de caza y sus señas, los ciervos y las águilas, la economía menuda de las pieles cambiadas por pólvora y plomo, el temor colectivo ante la profecía del fin del mundo y el asombro ante novedades como el fogón de cocina o la máquina de coser. Still observa a los animales como quien lee un tratado de historia natural al aire libre, y de ahí extrae una regla que le acompañará: la naturaleza provee a cada criatura exactamente lo que necesita.
En medio de esas escenas se sitúa el episodio que el autor considera fundacional. A los diez años, con dolor de cabeza, improvisa un columpio con las riendas del arado de su padre y se duerme con la nuca apoyada en ellas; al despertar, el dolor ha desaparecido. Pasarán veinte años hasta que pueda explicar lo ocurrido en términos de nervios y circulación, y de ahí surgirá la convicción que sostuvo el resto de su vida: que la arteria es el río de la salud.
El volumen se completa con la plegaria del autor, los prólogos de las dos ediciones —la segunda motivada por el incendio que destruyó la primera—, un texto firmado por su nieto para la edición francesa y las notas del traductor al castellano, que presenta el trabajo como un regreso a las fuentes de la profesión.
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