Un retrato periodístico del MIR, la etapa en la que los recién licenciados en Medicina se convierten en especialistas dentro del sistema sanitario español.
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Un retrato periodístico del MIR, la etapa en la que los recién licenciados en Medicina se convierten en especialistas dentro del sistema sanitario español. María Valerio Sainz sigue el recorrido completo: el examen nacional, la elección de plaza, las academias, las guardias interminables y los primeros pacientes. A partir de decenas de entrevistas anónimas, compone un mosaico coral sobre una profesión que se aprende trabajando, con sus miserias y sus grandezas.
Hay un momento en la vida de todo médico español en el que ya no es estudiante pero tampoco es todavía especialista: los años de residencia. Este libro se ocupa precisamente de ese territorio intermedio, el del médico interno residente, una figura tan presente en la cultura popular —series, películas, tópicos— como poco conocida en su realidad cotidiana.
El relato arranca donde arranca todo: un sábado de enero, a las cuatro en punto de la tarde, cuando miles de licenciados se sientan ante 250 preguntas tipo test repartidas simultáneamente por una veintena de ciudades. La autora reconstruye con detalle casi documental la maquinaria del examen —los sobres lacrados, la comisión que responde el cuestionario a la misma hora que los aspirantes, el recuento de puntos, el peso del expediente académico— y sigue después el largo compás de espera hasta la elección de plaza: las notas, el «turismo de hospitales», las cábalas con el número obtenido, las especialidades más codiciadas y las que siempre quedan para el final.
Alrededor de esa prueba ha crecido toda una industria: academias que cobran miles de euros, simulacros, tutores, meses de encierro que alteran el carácter, las amistades y hasta los planes de Navidad. El libro describe ese entrenamiento de fondista sin idealizarlo y sin caricaturizarlo, y luego cruza la puerta del hospital, donde empieza lo verdaderamente difícil: aprender un oficio que la facultad apenas enseñó, dar los primeros puntos, atender el primer parto, encajar el primer paciente muerto, negociar con adjuntos poco interesados en la docencia y sostener una sanidad tensionada por la presión asistencial.
La decisión narrativa más singular es la ausencia de protagonista. Las voces en primera persona que atraviesan el texto son anónimas, porque podrían pertenecer a cualquier residente de cualquier hospital del país. Del conjunto emerge un colectivo diverso —vocacionales y desencantados, brillantes y quemados— y una pregunta de fondo: si el MIR es mano de obra barata o el mejor sistema de formación médica de Europa. Un prólogo firmado por uno de sus impulsores sitúa la discusión en su contexto histórico.
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