Un empresario español acostumbrado a los vuelos transoceánicos acepta la oferta del Servicio Secreto y convierte su negocio de importación y exportación en la tapadera de una vida doble entre México, Colombia y Madrid.
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Un empresario español acostumbrado a los vuelos transoceánicos acepta la oferta del Servicio Secreto y convierte su negocio de importación y exportación en la tapadera de una vida doble entre México, Colombia y Madrid. Mientras se enreda con los hermanos Alcaraz y con los Salas, y aprende el oficio junto a un joven agente de talento desconcertante apodado Beni, conoce en un avión a una mujer que le obliga a preguntarse si sabe querer. Novela negra de tono irónico y confesional, narrada por un antihéroe que ya ha anunciado, desde la primera página, que ha matado a un hombre.
El narrador de esta novela se presenta sin adornos: no es el prototipo del éxito ni ha amasado una fortuna, pero tampoco le falta nada, y esa holgura discreta le permite —dice— mantener la lengua limpia y la dignidad intacta. Empresario del comercio internacional, harto de cruzar el Atlántico una y otra vez, acepta la propuesta que le llega por boca de un enviado del Centro Nacional de Inteligencia: poner su experiencia viajera y su red de contactos al servicio del país. A cambio recibe primera clase garantizada, una remuneración generosa y la continuidad de un negocio que, en adelante, funcionará también como coartada. Así empieza una carrera de espía sin glamur, muy lejos de Le Carré, donde el servicio secreto se revela como un microuniverso humano más, con sus jefes mediocres, sus funcionarios inútiles y sus héroes anónimos condenados a una pensión modesta.
El primer operativo lo lleva al norte de México, a una boda fastuosa donde los apellidos del dinero se mezclan con los del narcotráfico. Allí conoce a los hermanos Alcaraz —Pedro, el listo y el cruel; Juan, el peligroso y silencioso— y descubre el mecanismo del negocio: muñecas exportadas desde España que regresan con el pelo puesto, alfombras artesanales cuyos flecos esconden mercancía, y más tarde, en Medellín, docenas de rosas atadas con un alambre demasiado grueso. Su papel consiste en lo que siempre se le ha dado bien: caer simpático, salir de copas, escuchar, y estudiar las rutinas sociales de quienes vigila, porque es ahí, y no en los horarios, donde se abre la rendija.
Lo acompaña Beni, su enlace: veinticinco años, camiseta de los Talking Heads, pantalón de chándal y un coeficiente intelectual descomunal. Viajan siempre juntos y siempre como desconocidos, en asientos contiguos y sin cruzar palabra, con una disciplina de oficio que el narrador acata entre la admiración y la guasa. Beni duerme a pierna suelta y despierto, rehace balances como un auditor, aparece donde hace falta y desaparece antes de que nadie lo note.
En paralelo, y atravesando toda la narración, está ella: la mujer de ojos de almendra y sonrisa franca que se sentó a su lado en un vuelo transoceánico y a la que citó, con estilo, para cenar ocho días después en ese mismo avión y ese mismo asiento. Entre operativos, tequilas y aeropuertos, la relación avanza a base de réplicas afiladas y silencios bien colocados, mientras el narrador se pregunta una y otra vez por qué está con él una mujer así, y si es capaz de corresponderle.
Escrita en primera persona, con humor corrosivo, digresiones sobre España e Iberoamérica y una lucidez que no se perdona nada a sí misma, la novela alterna la crónica del oficio clandestino con la confesión sentimental. El lector sabe desde el título hacia dónde se dirige todo; el interés está en el camino, en la voz que lo cuenta y en el momento en que el narrador cruza, casi sin darse cuenta, la línea que separa al testigo del protagonista.
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