Dos veranos separados por treinta años se miran de frente en esta novela negra ambientada en el sureste español. En junio de 1989, en un cortijo aislado del campo de Níjar, un hombre solitario sale de noche a buscar a su perro y no vuelve…
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Dos veranos separados por treinta años se miran de frente en esta novela negra ambientada en el sureste español. En junio de 1989, en un cortijo aislado del campo de Níjar, un hombre solitario sale de noche a buscar a su perro y no vuelve a entrar en casa. En mayo de 2019, un fotógrafo de bodas de veinticinco años recorre las carreteras de Murcia buscando la imagen que le cambie la vida y encuentra, en un paisaje de pizarra y galgos, el principio de algo que no sabía que estaba buscando. Entre medias, una generación que creció en un pueblo recién fundado, entre videoclubs, minifaldas reivindicativas y la promesa de un futuro que llegaba con la Expo.
Campohermoso no existía hasta hace treinta años. Lo levantó un plan de colonización sobre un desierto almeriense, cien casas y un nombre optimista, y con él creció la primera generación de un pueblo sin pasado: chavales que alquilan películas en VHS, bailan los fines de semana en la discoteca Oasis y esperan que el «nuevo milagro económico» andaluz les alcance antes de cumplir los treinta. Ana tiene veintidós años, trabaja en el único videoclub del pueblo y quiere ser actriz; de momento se conforma con recomendar Bitelchús o Big a los críos que dudan ante el mostrador, y con la noticia de que un grupo inglés busca a cuatro chicas para rodar un videoclip en los poblados del oeste de Tabernas. Sus amigas —Gloria, Amalia, Vera— discuten de heavy metal, de feminismo y de sentencias judiciales injustas en la terraza del bar Ilusión, convencidas de que la vida está a punto de empezar.
Esa misma noche de junio de 1989, a pocos kilómetros, Guzmán Castejón lee la última novela de Stephen King en un apartamento encalado sobre las antiguas pocilgas de un cortijo familiar. Su perro ladra a algo que no se ve. La puerta de la ermita, que guarda la Virgen heredada del padre, está cerrada, pero dentro hay alguien. Lo que ocurre después es rápido, torpe y definitivo, y nadie lo verá durante mucho tiempo.
Treinta años más tarde, Uriel fotografía rebodas en un fortín abandonado sobre el Mediterráneo, con almenas de cuento y cañones que nunca dispararon. Le pagan por fabricar recuerdos que parecen únicos y son idénticos a los de otras parejas, y le apasiona lo contrario: los retratos robados a la gente real de los bares de carretera, las caras que podrían ganar un premio si supiera reconocerlas a tiempo. Un desvío por un camino de tierra lo lleva hasta una mujer que pasea sin miedo entre las montañas de láguena acompañada de dos galgos sueltos. Ella le pide que la suba a lo alto de la montaña; él le pide una fotografía a cambio. Ninguno de los dos sabe todavía a qué está diciendo que sí.
La novela avanza entrelazando las dos épocas con una precisión de mecanismo: la nostalgia luminosa del pop de finales de los ochenta —Madonna, el Submarino amarillo, la mascota de la Expo, los estrenos que llegaban con meses de retraso— y la incertidumbre de una juventud actual que canta a la insatisfacción abstracta mientras conduce coches viejos por carreteras vacías. Aquí la cultura popular no es decorado sino método: las películas, las canciones y las carátulas son la forma en que los personajes aprenden a nombrar el deseo, la ambición y también el horror. Y la fotografía, oficio y obsesión del narrador, plantea la pregunta que sostiene el libro: si una imagen puede fijar la realidad para siempre, ¿qué queda grabado en ella sin que nadie lo advierta, esperando a que alguien mire lo suficientemente cerca?
Una historia sobre lo que un crimen deja detrás cuando el mundo sigue girando, sobre pueblos jóvenes con secretos viejos y sobre esa edad en la que todavía se cree que ser visto una sola vez basta para existir siempre.
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