Retrato periodístico de Ana Botín y del linaje que la llevó a la cúspide del Banco Santander: la crónica de una sucesión preparada durante décadas y consumada en apenas veinticuatro horas tras la muerte de su padre.
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Retrato periodístico de Ana Botín y del linaje que la llevó a la cúspide del Banco Santander: la crónica de una sucesión preparada durante décadas y consumada en apenas veinticuatro horas tras la muerte de su padre.
El 10 de septiembre de 2014, un comunicado escueto registrado ante la Comisión Nacional del Mercado de Valores anunció la muerte de Emilio Botín. Antes de que cerrara la sesión bursátil, otro comunicado confirmaba lo que el sector daba por descontado desde hacía años: su hija mayor asumía por unanimidad la presidencia del banco. Entre esos dos textos caben una jornada de tensión en los mercados, un vuelo nocturno desde Londres y el final de una espera que había durado toda una vida.
Este libro reconstruye esa transición y, a partir de ella, la biografía de la mujer que la protagoniza. Nacida en Santander en 1960, primogénita de seis hermanos, hija de un banquero y de una pianista, bisnieta de la niña que descubrió las pinturas de Altamira, Ana Botín creció en una familia donde el apellido era a la vez privilegio y programa. De niña quiso ser periodista o espía; podría incluso no haber trabajado nunca. Eligió, en cambio, formarse para un oficio que en los años setenta y ochenta apenas admitía mujeres en sus cúpulas, y pelear —contra el signo de los tiempos y a veces contra su propio padre— por ser reconocida como heredera natural.
La narración avanza por los episodios que fueron modelando esa trayectoria: la entrada en el Consejo de Administración en 1989 y el rápido acceso a la Comisión Ejecutiva; la etapa al frente de Banesto; el destierro y el regreso; los años en Londres; la construcción de una carrera internacional que la convirtió en una figura conocida en las plazas financieras mucho antes que entre sus compatriotas. En paralelo, el relato traza el retrato del padre: el hombre que se llamaba a sí mismo «bancario» y no banquero, que jugaba al fútbol y pedaleaba a los setenta y nueve años, que mandó construir una piscina en su despacho, que apostó cuarenta millones por la Fórmula 1 y que, según quienes lo trataron, jamás contempló jubilarse. Días antes de morir cenó con periodistas en Milán y, preguntado por sus planes de relevo, respondió que no tenía ninguno.
Alrededor de esa relación —descrita por su entorno como complicada, exigente, tensada al final por asuntos personales y de gestión— el libro despliega el mapa de una institución que se ha gobernado como una empresa familiar pese a su tamaño global: los nombres que sonaron como alternativas y se apagaron solos, la máxima según la cual en la casa solo hay «Botines y mil botones», la disciplina de la discreción, las salidas súbitas del Consejo. Y sitúa la sucesión en un contexto más amplio: el de un país donde la abdicación del rey en junio de 2014 había abierto el relevo de toda una generación de dirigentes que llegó al poder con la democracia y se resistía a soltarlo.
El resultado es a la vez semblanza y crónica de poder. Documentado con testimonios de consejeros, altos directivos, periodistas que cubrieron la entidad durante décadas y voces del círculo íntimo —algunas identificadas, otras protegidas por el anonimato—, el volumen se pregunta qué significa heredar un imperio financiero y demostrar después que se merece. Porque la coronación fue solo el punto de partida: la sombra del predecesor sigue siendo larga, y el camino que decidirá el veredicto sobre la nueva presidenta acaba de empezar.