«Amores y Hechizos», de J. W. Vega, es un cuento breve de tono tradicional sobre una fuga de enamorados. Anastasia, hija de un hombre orgulloso e inflexible, ama a Rigoberto Loica, un joven audaz que decide raptarla con su consentimiento…
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«Amores y Hechizos», de J. W. Vega, es un cuento breve de tono tradicional sobre una fuga de enamorados. Anastasia, hija de un hombre orgulloso e inflexible, ama a Rigoberto Loica, un joven audaz que decide raptarla con su consentimiento antes de que la voluntad paterna lo impida. Consciente de que la huida sola no bastará, Loica busca a una hechicera, que le entrega tres objetos —un jabón, un peine y unas gotas— sin explicarle para qué sirven, junto con una advertencia: la magia solo da ventaja, porque nadie escapa para siempre de sus propios actos. La carrera nocturna que sigue convierte cada objeto en un obstáculo para el perseguidor, hasta que el desenlace se resuelve menos por el poder de los hechizos que por el desgaste de una obstinación.
En la tradición de los relatos de fuga y persecución, «Amores y Hechizos» plantea un conflicto tan antiguo como reconocible: dos jóvenes que se quieren y un padre que ha decidido, de antemano, que ese amor no ocurrirá. Anastasia espera cada tarde detrás del jardín, oculta tras un arbusto enorme; Rigoberto Loica llega a caballo, con la fama de hacer cualquier locura cuando lo desafían. Lo que los separa no es la distancia, sino la autoridad de un hombre que entiende la elección de su hija como una afrenta personal.
Loica no se lanza a ciegas. Antes de la huida acude a una hechicera del lugar y le cuenta el plan y las amenazas recibidas. Ella no lo disuade con moral ni lo alienta con promesas: le advierte que el padre lo perseguirá, que la ayuda será únicamente para escapar, y le entrega tres objetos corrientes —un jabón, un peine, unas gotas— negándose a revelar su uso, porque un hechizo explicado deja de serlo. A esa entrega suma la frase que organiza todo el relato: hay un momento en que un hombre debe enfrentar aquello de lo que huye.
La noche de la fuga, el ruido de los caballos y los perros delata la partida, y comienza una cabalgata que el texto sostiene con una insistencia casi de fórmula oral, repitiendo el galope como un latido. Cada vez que el perseguidor está por alcanzarlos, uno de los objetos cae al camino y transforma el paisaje: el terreno se vuelve fangoso, la senda se cubre de lianas y enredaderas, y finalmente el agua se multiplica hasta formar una extensión imposible de cruzar. La magia no ataca ni castiga; solo interpone mundo entre dos voluntades.
La parte más interesante del cuento llega después de la persecución. Vencido por el obstáculo, el padre no cede: ordena a sus mozos vigilar, convencido de que el encanto se deshará y llegará su turno. La espera se estira día tras día mientras, del otro lado, la pareja simplemente vive. Ese contraste —la vigilancia estéril frente a la vida que sigue— es el verdadero mecanismo del relato, y conduce a un reconocimiento tardío del padre sobre lo que su capricho le costó.
Escrito con la sencillez y las libertades de un cuento contado en voz alta, y dedicado a la memoria de unas tardes de historias, el texto se apoya en motivos folclóricos ampliamente difundidos —la huida mágica, los objetos que se convierten en barreras, el perseguidor detenido por el agua— y los usa para una idea propia: los obstáculos que levantamos contra quienes amamos terminan aislándonos a nosotros. El cierre, breve y deliberadamente circular, deja que el lago y la terquedad se disuelvan al mismo tiempo.
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