Convaleciente de una enfermedad que casi la vence y a nueve mil kilómetros de los suyos, una publicista catalana afincada en Panamá abre por aburrimiento un perfil en una web de citas.
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Convaleciente de una enfermedad que casi la vence y a nueve mil kilómetros de los suyos, una publicista catalana afincada en Panamá abre por aburrimiento un perfil en una web de citas. La respuesta llega el 18 de diciembre de 2006: un viudo con dos hijos, de melena blanca y ojos azules, idéntico al hombre que ella había visto años antes en un sueño. Lo que sigue —correos diarios, llamadas de tres horas, rosas en la oficina, videollamadas que enseñan una casa entera— es el relato en primera persona de un enamoramiento a distancia construido con palabras, y de cómo esas mismas palabras pueden levantar a un hombre que no existe. Basado en hechos reales, «Amores que matan» narra el ascenso de una ilusión y el aterrizaje forzoso que vino después.
Isabela lleva años esperando a un hombre muy concreto: espiritual sin ser solemne, capaz de admirar un atardecer como si fuera el primero, más sabio que intelectual. Un sueño premonitorio le ha mostrado su rostro y su cabellera blanca, y ella ha decidido creerle al sueño. Mientras tanto trabaja como directora creativa en una agencia de Panamá, colabora los fines de semana en un orfanato y arrastra la cicatriz de una boda cancelada un mes antes de la fecha, cuando ya tenía vestido, invitados y un futuro entero comprado.
Un virus sin nombre la deja sin fuerzas para sostener una cuchara y la obliga a un reposo largo y vacío. De ese vacío nace el perfil en la web de citas: un apodo, un anuncio de treinta segundos, ninguna foto. En vísperas de Navidad llega el mensaje de Mario, un viudo de Barcelona que cría solo a Adrián y Claudia, trabaja en una cementera, cocina, plancha, estudia por las noches y aun así encuentra un rato de madrugada para escribirle. Cuando ella abre la fotografía, reconoce el pelo blanco y los ojos azules del sueño.
Lo que empieza como una amistad de pantalla se acelera con la lógica implacable de la distancia. Él pregunta demasiado pronto por su segundo apellido, por la dirección de su empresa, por sus teléfonos; ella nota el pinchazo de la incomodidad y lo silencia. Él le cuenta una vida familiar de novela negra —una suegra hostil, una firma falsificada, una esposa muerta un 26 de diciembre tras una discusión— y ella siente, antes que sospecha, compasión. Él le manda rosas, cuelga sus fotos por toda la casa, la llama princesa, la imagina de anciana a su lado. Los niños se asoman a la videollamada con sus muñecas y sus trofeos. Nueve mil kilómetros se vuelven, en palabras de Mario, nueve centímetros.
La narradora cuenta todo esto sabiendo cómo termina, y esa doble mirada es el verdadero motor del libro: la Isabela enamorada avanza, la Isabela que escribe señala cada aviso desatendido, cada corazonada acallada por no estropear la fiesta. Descubre que no se estaba enamorando de un hombre sino del montaje que ese hombre elegía mostrarle por la ventana de una pantalla; que la distancia no solo separa, también fabrica.
Escrito como confesión más que como denuncia, «Amores que matan» recorre el enamoramiento, la sospecha y el derrumbe sin renunciar a la pregunta que los sostiene: qué había dentro de ella —qué miedo a la soledad, qué media felicidad, qué necesidad de salvar a alguien— que hizo posible creerlo todo. La respuesta convierte una historia de desamor en un relato de crecimiento interior, y advierte, sin señalar a nadie, que esas cosas que uno cree reservadas a los demás también pueden pasarle a uno.
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